lunes, 24 de noviembre de 2014

FE DE OTOÑO

Los que me conocéis bien sabéis que mi fe no mueve montañas; vamos, es que no mueve ni un montoncito de arena, o sea, ni las hojas que el otoño cede al suelo con la generosidad de una muerte baldía se ven agitadas por mi fe. Lo reconozco, para cuestiones de religiosidad soy un caso perdido. No obstante, siempre hay un pero que puede salvar el alma de un ser impío como yo. En los últimos veintitantos años que llevo dando vueltas con mi taxi por las calles de Madrid, me ha ocurrido lo que voy a contaros no más de diez o doce veces. Siempre han sido personas mayores, generalmente mujeres, las que después de concluir el servicio me han regalado la estampita de algún santo, beato, virgen o adlátere de deidad alguna de su más profunda devoción. Hasta hace poco recibía esos presentes como una oblación que la anciana en cuestión hacía a su dios, despersonalizando así la supuesta intención de agasajo para conmigo; ningún sentimiento de gratitud ni confort espiritual alguno afloraba en mí, más bien al contrario, sentía un poco de desazón al ver aquel gesto como una suerte de proselitismo contra mí. Pero debe ser que la edad hace mella en toda alma, por irreverente que esta sea: la última ocasión en que tal ofrenda se me ha dado (ayer) fue de un modo pretendidamente anónimo, la anciana se bajó del taxi con la dificultad que su avanzada edad la proveía y yo revisé con un somero vistazo el asiento trasero para evitar el descuido del bolso, bastón, bolsita de la farmacia, sobre con informes médicos…; pero en el hueco de la puerta trasera me pareció ver algo, cuando agucé la vista intuí la imagen de un Jesucristo de los que la iconografía cristiana nos tiene acostumbrados: con su corona de espinas, sus gotitas de sangre en la frente… La anciana ya alcanzaba la acera cuando vi cómo se persignaba echando un último reojo al taxi. La verdad es que sentí gratitud hacía ella, no porque mis creencias se hayan modificado y la Luz se presente ante mí (sigo viendo igual de oscuro el otro lado de la vida), pero el gesto con el que la anciana quería ofrecerme la protección que ella cree Todopoderosa, su ánimo de que a un completo desconocido le proteja lo que ella cree infalible, me hace pensar que ha sido generosa conmigo. Dicho esto, la próxima semana, con motivo de no sé qué leches de misa familiar que últimamente montan en Madrid cada primeros de diciembre, me “cagaré en to”, como es tradición en mí.

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