domingo, 18 de noviembre de 2012

BERTA SE DESPIERTA

                                                                   cuento en homenaje a los matrimonios constitucionales
Berta se despierta y nota su culo frío y mojado. Pasa su mano por la sábana y descubre que ha vuelto a ocurrir lo mismo que ayer y que antes de ayer: otra vez se ha hecho pis en la cama. Al ratito de despertarse entra en la habitación su papá Ángel, enciende la luz de la mesilla y se agacha para dar un beso en la frente a Berta.
- Vamos dormilona. Arriba, tienes que desayunar para ir al cole.
Berta se le queda mirando sin decir nada, pero con los ojos muy abiertos. Su papá Ángel enseguida nota que algo no va bien.
- Vamos Berta, ¿no me has oído? -dice su papá Ángel mientras levanta un poco la sábana y palpa el interior de la cama con la mano. Berta cada día está más convencida de que su papá Ángel es adivino- Vaya, otra vez. Venga, date más prisa que tendré que ducharte. ¿Hoy quién ha sido, el oso Berto o la muñeca Bertita?
Berta sonríe y con el embozo de la sábana se tapa la risilla que le entra cuando se pone nerviosa al decir alguna mentirijilla.
- Ha sido Bertita -contesta con la boca tapada con la sábana.
- Pues esta noche tendremos que contar un cuento más largo para que duerma más tranquila y no se haga pipí, ¿vale?
- Vale -contesta Berta mientras se levanta y sale corriendo hasta el cuarto de baño.
Cuando termina de ducharse ya huele a tostadas. Después de vestirse, sale corriendo hasta la cocina, tiene hambre y hoy su papá Rubén le ha preparado el desayuno que más le gusta: tostadas con mermelada de fresa; además, la mermelada también la hace él. Las tostadas de papá Rubén son las mejores de todo el mundo, y las rosquillas de papá Ángel, también. Berta sabe que tiene mucha suerte con los dos papás que tiene y piensa que es una pena que tenga que decidirse por uno de ellos, los dos le gustan. Pero Ane, su compañera del cole, se lo ha asegurado una y mil veces: “Les van a prohibir estar casados y, sobre todo, que tú vivas con ellos”. A Berta le da un poco de vergüenza preguntárselo a sus papás; bueno, vergüenza y miedo, por si le dicen que es verdad, que tiene que elegir a uno de los dos. De momento prefiere no pensarlo. De todos modos, es muy raro que sea verdad, sus papás siempre le han dicho que nunca le mentirían. Incluso cuando le contaron que tenía otro papá y otra mamá y que, aunque seguramente nunca les conocería, seguro que la querían, por lo menos, igual que ellos. Ese día también le dijeron que tenían que contarle una cosa muy importante y muy difícil de explicar, pero empezaron a contarle lo de los otros papás y al final se les debió olvidar contarle la cosa importante y difícil. Por eso, ahora pensaba que todo aquello que decía Ane era una tontería, ya se lo habrían dicho a ella sus papás.
- Vamos Berta, al cole. Hoy te acompañamos los dos.
“¡¡Bien!!” Piensa Berta. “Menuda cara pondrá el tonto de Andrés cuando me vea aparecer con mis dos papás de la mano. Él siempre dice que tener dos papás es imposible”.
Berta, por el camino hacia la escuela, va pensando cual de los dos papás le convendría; sabe que no va a pasar, pero no puede dejar de pensarlo, esas ideas le salen solas en la cabeza. Papá Ángel sabe a que temperatura exacta tiene que poner la leche, y sabe que tiene que dejar algunos grumos de cacao sin que se disuelvan. A Berta le encanta pescar esos grumos con la cucharilla. Papá Rubén se sabe muchos más cuentos que papá Ángel, y mucho mejores; además, papá Rubén es médico, él es quien sabe el jarabe que debe tomar cuando le duele la garganta o está tiritando de fiebre. Está hecha un lío, no sabe por cual decidirse.
Cuando se quiere dar cuenta, ya han llegado a la acera de la entrada de su cole. Enseguida coge a los dos de la mano, quiere que todos vean a sus dos papás y que Andrés y Ane se enteren de una vez. “Mirar, listos”. Piensa Berta mientras entra por la puerta del patio. “¿Veis como es verdad que tengo dos papás?”. Cuando está segura de que todos sus compañeros les han visto, suelta a sus papás de la mano y sale corriendo para colocarse en la fila de su clase. Abren la puerta del cole y todos van entrando, uno a uno. Berta se vuelve para despedirse de papá Ángel y papá Rubén y les ve que se quedan hablando con Mayte. Ella es su profe de toda la vida, desde que empezó a ir al cole, hace ya por lo menos medio año.
Están todos en la clase, y como Mayte se ha quedado en el patio hablando con sus papás, empiezan a alborotar y, en un santiamén, se monta un guirigay de mucho cuidado. Todos están chillando y Roberto, el más travieso de la clase, coge las tizas de la pizarra y empieza a tirárselas al resto de los compañeros. Él sabe que eso está muy mal, pero no le importa y sigue haciéndolo hasta que entra Mayte en la clase y le ve.
- ¡Roberto! -le grita Mayte cuando le ve- ¿Tú crees que eso está bien? ¡Al rincón de pensar!
Todos los demás salen corriendo para sentarse cada uno en su sitio, se colocan muy serios y callados. A Berta le entra la risilla tonta de cuando dice alguna mentirijilla y se pone la mano en la boca para disimular. A la profe enseguida se le pasa el enfado y empieza a colocar todos los papeles de su mesa sonriendo.
- A ver, chicos, ¿qué os parece si hoy hablamos de nuestras familias?
- ¡Siiii! -gritaron todos; bueno, todos menos Adela, que no debe tener familia o algo así. Berta oyó decir a dos cuidadoras del patio que su papá y su mamá habían salido de viaje en el coche para ir a casa de su abuela y que nunca llegaron. Debieron perderse por el camino.
“Que casualidad”. Piensa Berta. “Justo el día que me acompañan mis dos papás podemos hablar de nuestras familias. Se van a enterar Andrés y Ane”.
- Veamos -dice Mayte- ¿Alguno sabría decirme cuantos tipos de familia puede haber?
Ninguno levanta la mano. Mayte se queda mirándoles un ratito y después se sienta en su mesa.
- Veamos, primero os cuento cómo es mi familia y después vosotros me contáis cómo es la vuestra. Yo soy la mayor de cuatro hermanos, somos tres chicas y un chico. Mi papá murió de una enfermedad en los pulmones, por fumar mucho; ahora está en el cielo. Una de mis hermanas está casada, pero no quiere tener hijos; la otra no está casada, pero tiene muchos amigos y dice que no quiere casarse; y mi hermano está viviendo con su novia y tampoco tiene hijos.
- ¿Y tú? -le pregunta Roberto desde el rincón de pensar.
- Siéntate ya en tu sitio, anda. Yo no estoy casada, pero tengo un hijo guapísimo. En fin, tengo una familia normal. A ver Estefanía, y tu familia, ¿cómo es?
Estefanía, que es un poco vergonzosa, primero se pone colorada y después está un buen rato diciendo: “pues, pues, pues…”. Hasta que Mayte le dice que conoce a su padre y a su madre y que son muy simpáticos. Estefanía dice que sí, que son muy simpáticos, y nada más. Después Mayte le pregunta a Ane cómo es su familia.
- Pues mi familia también es normal. Aunque mi mamá dice que papá algunas veces es insoportable, pero también me dice que tengo que quererle mucho. Y yo le quiero mucho, porque casi todos los sábados me lleva al cine o a dar un paseo y a comprarme algún helado; además, su novia es muy simpática y me regala muchas cosas y se llama Julia.
- Muy bien, Ane ¿Y la tuya, Andrés?
- Pues la mía también es normal. Como mi mamá trabaja en el hospital muchas noches, casi siempre vivo con mi papá; pero, los hijos de su mujer son muy simpáticos, y yo juego mucho con ellos.
Berta pensaba que a ella nunca le iba a preguntar. Quizá tuvieran razón Ane y Andrés, quizá su familia no era normal.
- Muy bien, Andrés ¿Y la tuya, Berta?
“Por fin”. Pensó Berta “Creía que nunca me preguntaría”. Al principio se puso un poco nerviosa, pero enseguida supo qué contestar.
- Pues mi familia también es normal. Mi papá Rubén es médico y hace las mejores tostadas de mermelada de fresa del mundo y además se sabe muchísimos cuentos, y mi papá Ángel tiene una tienda de zapatos y hace unas rosquillas de anís riquísimas, y sabe dejar muchos grumitos de cacao en la leche -entonces Berta se calla un poco, pero enseguida sigue hablando de sus papás, sobre todo quiere decir lo que a ella más le preocupa ahora- Ellos están casados, pero no sé si podrán seguir siendo mis papás.
- ¡Pero Berta! ¿Por qué dices eso? -le pregunta un poco alarmada Mayte.
- Porque como son dos chicos, a lo mejor no les dejan seguir siendo mis papás.
- No, Berta, eso no tiene nada que ver. Lo importante es que ellos te quieran y que tú seas feliz con ellos ¿Tú eres feliz con ellos?
Berta mira a sus dos compañeros Ane y Andrés con un poco de recochineo, y con la voz muy alta contesta a Mayte.
- Sí.
Así se pasa la mañana en un periquete, todos los niños de la clase cuentan cómo es su familia y resulta que todos tienen familias normales. Incluso Adela, que vive con sus abuelos hasta que algún día regresen sus papás.
El resto del día es muy normal para Berta: se come más de medio puré de verduras, el otro medio se lo perdona papá Rubén a cambio de tres trozos más de tomate de la ensalada; después, se come dos trozos de pescado, pero se lo come sin rechistar, por que sino, se queda sin el postre de arroz con leche que le ha hecho su abuela Begoña. Después: juega, merienda, juega, cena, juega, se ducha y a la cama con Berto y Bertita. Papá Ángel le cuenta un cuento larguííísimo y Berta se duerme incluso antes de que lo termine.
A la mañana siguiente, Berta se despierta y toca la sábana, descubre contentísima que el cuento larguísimo de papá Ángel ha sido una solución estupenda: no se ha hecho pipí. Papá Ángel entra en la habitación y le da un beso en la frente.
- Vamos, arriba, al cole ¿Qué tal se ha portado esta noche Bertita?

Por Diego Pérez

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martes, 6 de noviembre de 2012

QUÍTESE LAS GAFAS DE NO VER

Hacía algún tiempo que venía advirtiendo molestias en la vista, pero todo el mundo me decía que era algo normal, que a partir de los cuarenta la presbicia empieza a hacerse notar. Lo cierto es que, al principio, sólo lo notaba cuando había mucho trabajo en la oficina; sobre todo a fin de mes, cuando ingresaban todas las nóminas y el banco parecía una estación del metro. Era entonces cuando aparecía esa especie de nube que distorsionaba mi campo de visión. Así estuve al menos de dos años, pero aquello cada vez iba a más. Empecé a sospechar que no eran los síntomas de una presbicia cuarenteña al uso. Mayte me decía que fuéramos a la consulta de un excelente oftalmólogo en el que toda su familia depositaba una confianza ciega, pero yo no hacía más que dar largas al asunto, hasta que un día me asusté de verdad. Fue uno de los primeros expedientes de desahucio que se tramitaron en aquella oficina. Se trataba de un matrimonio entrado en la cincuentena: después de no ser capaces de torear una racha de mala suerte, se vieron en la calle. El día que tuve que acompañar al director de la oficina al juzgado, cuando atravesamos el arco de seguridad de la entrada, me deslumbró una especie de fogonazo, como un flash que dejó en mi retina la impronta de unos niños malcomidos y malvestidos; demacrados y sucios: un espanto. Fueron sólo unos segundos,  pero más que suficientes para empapar mi alma de desolación y desasosiego. Cerré los ojos y sacudí la cabeza, cuando los abrí de nuevo todo había vuelto a la normalidad. Después, estuve unos cuantos días con el temor de que volviera a sucederme aquello; por supuesto, no le comenté nada a Mayte, sólo faltaba, no me hubiera dejado en paz ni un solo instante hasta que hubiera conseguido arrastrarme a la consulta de su oftalmólogo. Lo dejé estar e intenté olvidarlo sobrellevando las leves neblinas visuales; esas persistían a diario. Otro susto no tardó en llegar, pero este en el lugar más insospechado: en mi propio portal. Entré en él como todos los días, en torno a las tres y media de la tarde, vi a dos operarios de la compañía eléctrica precintando un contador, el del tercero C, Roberto y Tina. Pensé que se habrían mudado y que habrían dado de baja la luz; pero entonces llegó el segundo fogonazo, otro flash que marcó una nueva impronta en mi fondo de ojo. Este fue mucho más escalofriante que el anterior; en este vi claramente el rostro de tres niños llenos de mugre, arrinconados entre una maraña de cartones y trapos, hundidos en el fondo de un callejón. Eran los hijos de Roberto y Tina. Me miraban con ojos tristes, doloridos, ojos de desamparo. Aquella visión no la resistí, cerré mis párpados con fuerza y agité la cabeza. No podía ver aquellos niños así, eran los amigos de mis hijos, sus compañeros de clase, de juegos, y lo serían de las confidencias adolescentes. Imaginarles en aquella situación fue un choque emocional demasiado fuerte. Cuando entré en casa le pregunté a Mayte si sabía algo de nuestros vecinos.
— No, la verdad es que últimamente he visto a Tina muy seria, y Roberto tampoco es el mismo desde que cerró su empresa. No sé si subir y preguntarles…
— ¡Anda ya! Qué vas a preguntar tú a nadie. Serán tonterías mías.
Mayte calló y se quedó mirándome fijamente.
— Lo que tenías que hacer es ir a la consulta de don Laureano -dijo finalmente.
Decidí plegarme a su insistencia, consideré que quizá Mayte tuviera razón, quizá debería ir al oculista, aquello empezaba a sobrepasarme. Cada vez eran más los vecinos del barrio que proyectaban en mi retina sus desesperadas situaciones.
Por fin llegó el día de la consulta. Don Laureano aparentaba tener más de setenta años, diría que quizá llegaba a los ochenta. Sin embargo, su porte era el de un tipo enérgico, decidido a seguir aprendiendo en un oficio del que debía conocerlo todo. Su pulso firme; una voz ronca, autoritaria al tiempo que amable; las arrugas de su cara: surcos que la sabiduría fue excavando. Todo ello le procuraba una especie de halo docto que ofrecía de él la imagen de un hombre sabio y bueno.
— Siéntese —me dijo don Laureano cuando entré en aquella sala con las paredes preñadas de imágenes de ojos diseccionados en los ángulos más inverosímiles. Tenía también el típico luminoso con el abecedario, una vieja estantería repleta de libros antiguos, una extraña caja metálica repleta de botones junto a su mesa y algo que me asombró mucho por lo aparentemente inconexo con el decorado que se le supone a una consulta oftalmológica: una vitrina repleta de artilugios antiguos y algo extravagantes: un viejo revolver oxidado, un casco militar (quizá de la II Guerra Mundial), un molinillo de café con la manivela rota, una pluma estilográfica antigua, varios juegos de llaves de automóviles, el velo de un traje de novia… “¡¿El velo de un traje de novia?!”, pensé mientras, con cierto recelo por dar la espalda a aquella vitrina, tomaba asiento en un butacón reclinable.
— Veamos, veamos, veamos… ¿Qué le ocurre, amigo? —me preguntó con tono neutro.
Yo no sabía como explicarle lo que me pasaba. Pensaba que si le decía lo que de verdad me ocurría, me tomaría por un loco o por un hipocondríaco con ganas de llamar la atención.
— Pues, es algo raro..., es como si viera una neblina muy deslumbrante, como si recibiera un fogonazo de luz que distorsionara mi visión.
Don Laureano succionaba sin parar una pipa, naturalmente vacía, en cuya enorme cazoleta se podía ver tallado un compás y una escuadra, en clara alusión a la simbología masónica; entretanto, parecía escuchar con atención lo que yo trataba de explicarle. Lo hacía con gesto meditativo, como si en realidad estuviera reflexionando, por lo menos, sobre el inicio de la civilización occidental. Después de unos breves instantes de silencio, levantó su nívea cabeza y, mirándome a los ojos, me lanzó una pregunta que a mí se me antojó casi impertinente.
— Bien, bien, bien… Veamos, amigo. Se considera usted de derechas o de izquierdas.
— ¿Cómo?
Don Laureano hizo un leve gesto de incomprensión y, abriendo un poco sus manos al tiempo que arqueaba las cejas, repitió la pregunta.
— Que si se considera usted de derechas o de izquierdas. Entiendo que la cuestión no es sencilla, pero sí clara, ¿verdad?
— Sí, sí, disculpe. Pues... yo soy apolítico.
— Bien. Entonces, ponemos una equis en el Valencia - Español, ¿no?
¡¿Estaba rellenando una quiniela mientras me pasaba consulta?! Aquello terminó por descuadrar mis esquemas. Yo no sabía qué debía hacer. Por lo visto, aquel don Laureano era una eminencia, pero yo, dentro de mi ignorancia oftalmológica, diría que estaba tomándome el pelo. Apretó uno de los botones de aquella extraña caja metálica y continuó como si nada.
— Bien, bien, bien… Veamos joven. ¿Y qué más me cuenta?, además de esos fogonazos de realidad futura que su imaginación le impronta en la retina. ¿Ve algo más extraño?
Volvió a sorprenderme, yo aún no le había dicho nada de las imágenes que se me representaban; sin embargo, don Laureano había dado en el clavo al describir mi problema visual como “fogonazos de realidad futura”. Otra vez dudé que contestarle.
— Pues..., que cada vez son imágenes más realistas y con mayor dramatismo.
— Bien, bien, bien... Entonces, marcamos a la izquierda en el Barcelona - Sevilla. Un uno, ¿verdad?
Yo asentí ante lo insólito de la situación. Se giró de nuevo hacia su caja metálica y apretó otro botón. Estuve tentado de levantarme e irme a la calle justo cuando fue él quien me ganó la iniciativa. Se levantó con una agilidad impropia de su edad y se dirigió hacia una estantería repleta de libros antiguos que tenía a su espalda.
— Veamos, veamos, veamos… —decía mientras paseaba su dedo índice por el lomo de unos tomos rancios que yo antes imaginé de atrezo— Este nos puede servir: “Oclusión o variación de la realidad por fluctuación cromática”. Hay quien asegura que don Pedro Calderón tomó como referencia este libro para decorar su: “La Vida es Sueño”, pero yo no lo creo. Si hubiera sido así, no habría titulado su obra de ese modo. “El destino está en el iris”, hubiera sido más acertado, ¿no cree, joven?
Yo, ni creía, ni dejaba de creer; lo que quería era que don Laureano me graduara la vista de una santa vez y poder salir corriendo de allí sin ganarme los reproches de Mayte, que esperaba fuera de la consulta.
Mientras don Laureano ojeaba el libro con fruición y continuaba apretando botones en su caja “mágica”, yo admiraba el laborioso labrado de la cazoleta de su pipa que continuaba succionando con vacuo deleite.
— No, no; no crea que yo soy masón, joven —dijo mientras tomaba algunas notas—. Esta pipa me la regaló un antiguo paciente en agradecimiento al tratamiento que le administré para curar una dolencia rarísima. Aquel pobre hombre veía a un extranjero en cada persona que se cruzaba con él; hasta el punto que a sus propios hijos pretendía desterrar de España. Era un hombre muy influyente. De no haber sido por aquel tratamiento que yo le procuré, media España estaría hoy en Francia o Portugal, menudo era. Bueno, esto ya está —dijo mientras cerraba el libro y presionaba el botón más grande de aquella extraña caja—. Sólo tiene que elegir la montura que prefiera, los cristales de las gafas estarán listos en menos de diez minutos.
— Pero… ¿y los ojos? Me tendrá que mirar los ojos, ¿no?
— Ah, sí, sí, sí, hijo, claro, por supuesto. Es que tiene uno tantas cosas en la cabeza…
Don Laureano se aproximó al butacón en el que yo estaba sentado, agachó su cara hasta situarla justo frente a la mía y dio su veredicto.
— Sí, sí, hijo, muy bonitos sus ojos; un iris precioso, que mezcla de colores tan armónica.
Aquello ya pasaba de castaño oscuro, definitivamente me estaba tomando el pelo, pero yo me armé de paciencia y decidí que tenía que seguir con aquella farsa, aunque sólo fuera por Mayte: la pobre había puesto todo su empeño en que viniera a este… ¿oftalmólogo? No quería defraudarla.
Por supuesto, me dispuse a escoger la montura más barata; total, para tirarla al cabo de un rato no quería gastarme mucho dinero. Pero otra vez se anticipó a mí don Laureano.
— ¿Por qué no coge otra montura un poco más elegante? Sé que está pensando que tirará las gafas en cuanto salga de aquí, pero yo le aseguro que las llevará puestas con mucho agrado el resto de sus días. Eso sí, deberá hacer caso de mi consejo.
— Claro don Laureano, no se preocupe que haré caso de su consejo —le contesté con el mayor de mis cinismos— ¿Y cual es ese consejo?
— Luche contra la indiferencia. Recurra a la empatía en sus actos más cotidianos y lo que vea con las gafas terminará por no ser cierto. Nada más.
Una vez tuve las gafas preparadas, le pregunté a cuanto ascendía la factura y si podría pagarla en dos plazos.
— No, no, no, joven. Usted no tiene que pagarme nada. Si lo estima necesario, puede regalarme algún objeto que usted no utilice y lo colocaré en la vitrina.
Nuevamente consiguió sorprenderme aquel hombre; pero enseguida pensé que su engaño había sido tan burdo, que le dio vergüenza intentar estafarme económicamente. Por darle gusto, me coloqué aquellas gafas de vidrios coloreados y salí de la sala de consulta para dirigirme al recibidor donde debería esperarme Mayte. En su lugar había una pobre mujer con la cara demacrada de sufrimiento y con unas profundas ojeras, sentada junto a un chiquillo claramente desnutrido, con las ropas raídas y los bajos de los pantalones a cuatro dedos de unas zapatillas desvencijadas.
— Disculpe ¿Ha visto si ha salido fuera una señora que esperaba aquí?
— ¿Pero qué dices? Ay, de verdad, cada día estás más tonto —gruñó Mayte mientras se levantaba con el pequeño de sus hijos cogido de la mano.
      
 Por Diego Pérez

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martes, 30 de octubre de 2012

MEFISTO Y LA MALDICIÓN DEL VIENTO

Relato finalista en el concurso de cuentos "Encuentro entre dos mundos" en Ferney-Voltaire (Francia)                                                           
         Decir que el silencio era sepulcral es una frase hecha que allí ganaba todo su sentido, pues en un sepulcro entrábamos y la falta de ruido era absoluta, casi clamorosa. El abad de la Basílica encabezaba la expedición con paso decidido. Sus faldones bailoteaban a cada zancada, como si debajo de ellos desfilara un pequeño ejército de duendes inquietos; le seguían una escuadra de falangistas con marciales ademanes y tres monjes benedictinos, cada uno de ellos con sus respectivos duendes bajo la sotana; después, marchaba yo, con el capacho de las herramientas a cuestas. A medida que nos adentrábamos hacia la nave central, aquel primigenio silencio se iba rompiendo con las reverberaciones de nuestros pasos y el bisbiseo asombrosamente rumoroso de las sotanas. Yo avanzaba mirando a cuanto me rodeaba con una mueca de asombro tatuada en mi cara, nunca había tenido tan cerca tamaña loa a la megalomanía: mármoles, granitos, tapices, frescos, bronces… Todo aquello ofrecía tal ambiente de sobreactuada solemnidad, que a cualquier ajeno a la Historia de España le resultaría casi cómico. A mí, como propio de tal Historia, me sobrecogía; más por lo que representaba que por lo que en realidad era. Ya no era más que el punto de encuentro de algunos nostálgicos que soñaban con la resurrección del “Salvador de las Españas”, pero representaba el odio y la represión que un estado fascista proyectó sobre el bando perdedor de una guerra fratricida e injusta, como todas. Pero nada de aquello me ocupaba ahora; allí, mi única misión era la de reforzar el sellado de hormigón que guarnecía la losa de cinco toneladas que cubría la tumba del Caudillo. Los últimos movimientos sísmicos habidos en la falla de Torrelodones habían provocado unas pequeñas fisuras alrededor de la lápida, y la empresa para la que yo trabajaba había ganado el concurso público por el que debía efectuar los trabajos de mantenimiento en la Basílica del Valle de los Caídos. Estaba acostumbrado a trabajar en lugares señeros, también teníamos adjudicado el mantenimiento del Palacio del Pardo, el del Palacio de la Zarzuela y estaba en negociaciones para la contrata con el Pazo de Meirás. Pero aquel lugar tenía un encanto muy especial, saber que allí se concentraba la esencia espiritual de todo el filofascismo español, le daba un toque de morbo muy atractivo.
Cuando el abad llegó a la altura de la tumba de José Antonio, todos los duendecillos de su faldón pararon al tiempo que él; tras una leve genuflexión que imitaron los tres monjes, hizo la señal de la Santa Cruz y continuó hasta rebasar la mesa del Altar. La escuadra de falangistas también paró frente a la tumba. Estos, en formación de a dos, se pusieron firmes a la orden de su jefe y después de que el mando gritase: ¡José Antonio!; ellos contestaron con un atronador: ¡Presente! Yo me asusté, no fuera a ser que a fuerza de gritarlo, algo de premonitorio hubiera en aquel clamor. Por fin rompieron filas y, a discreción, se situaron en el entorno de la lápida del Generalísimo (esta graduación –dentro de mi profunda ignorancia en materia castrense– siempre me pareció una salida de tono, pues a ningún otro profesional, por bueno que sea en el desarrollo de su actividad, se le ocurriría nunca llamarse a sí mismo Mediquísimo, o Profesorísimo, o Ingenierísimo). Cuando me tocó pasar junto a la tumba de José Antonio comencé a titubear sin saber muy bien si ponerme firme, persignarme, lanzar un sonoro ¡viva!, aun conociendo la imposibilidad de tal circunstancia, o pasar directamente sin más. Hice esto último y, por el rabillo del ojo, me di cuenta de lo poco que había gustado mi displicente actitud; después, quise enmendarla y me arrodillé, me persigné y estuve un ratito haciendo como que rezaba junto a la tumba de Franco. Afortunadamente, no se me notaba mucho que no me sabía ninguna oración que dispensar al ilustre finado. Pero tampoco acerté de pleno con mi maniobra de confraternización, algunos de los útiles que llevaba en mi espuerta, rodaron por la lápida yendo a parar encima del nombre del dictador. Otra vez me gané un implícito afeamiento de mi conducta a través de soslayadas miradas de los falangistas, los monjes y el abad; aunque lo cierto es que aquella censura no me resultó demasiado desagradable: tanta miradita reconfortó mi ego, algo dañado. Una vez saldados todos los saludos, oraciones y genuflexiones, pedí permiso a los presentes para empezar a trabajar. No hice más que colocarme para dar el primer toque de piqueta en el cemento, cuando empezamos a oír los ecos de una carrera provenientes del fondo de la nave.
– ¡Padre abad, padre abad, espere! –gritaba un nuevo monje que corría hacia nuestra posición arremangándose los faldones de su hábito y, de este modo, evidenciando que la supuesta existencia de duendecillos entre sus piernas no era más que una de tantas leyendas urbanas.
– ¿Qué ocurre, hermano? –dijo el abad con un vozarrón que retumbó en todo el Valle de los Caídos.
Aquella era una de esas voces que marcan el destino de su emisor: aquel hombre no podía dedicarse a otra cosa que no fuese la radio, el Bel Canto o la tapicería de sillones a domicilio; pero en él se ponía de manifiesto la capacidad del ser humano para contradecir a las cualidades innatas.
– Padre, un funcionario del Ministerio de Fomento, Infraestructuras y Ambientes Lúdicos dice ser el responsable civil de esta operación y, por ende, desea ser testigo de la misma desde su inicio.
El abad negó con su cabeza con resignado gesto y, mirando a la escuadra de falangistas, casi implorando su comprensión, contestó al monje lo único que, mal que le pesara, podía contestarle.
– Bien, hermano, hágale pasar, le esperaremos; le esperaremos como el verano espera la tormenta vespertina, como el sol espera, en su declive, la nube que le procure un rompimiento, le esperaremos como el cauce espera al agua, como la playa a la ola, como el cielo de una noche enamorada, espera a sus estrellas titilantes –dijo el abad autocomplaciéndose con su vozarrón en un ejercicio de onanismo fonético. Se ve que lo recoleto de su existencia en aquella Basílica no le ofrecía muchas ocasiones para aventar sus cualidades orales y quiso aprovechar la ocasión.
El jefe de la escuadra falangista quiso agradecerle su esmerada alocución.
– Sólo el vivir tan próximo al coraje del Caudillo de España, y la ilustración del camarada José Antonio…
– ¡Presente! –gritaron sus compañeros ganándose una mirada despectiva de su jefe.
–…puede procurar la lucidez y limpieza de espíritu que usted, padre abad, muestra en su acrisolada persona.
– No hay para tanto, sólo escucho el sonido de mi corazón, escucho el susurro de mi alma, sólo soy capaz de expresar lo que mi espíritu, siempre en comunión con el Altísimo, me dicta.
Empezaba a quedarme dormido, además de por el madrugón que me había pegado para subir desde Madrid hasta el Valle de los Caídos, por las cosas tan extrañas que se decían los unos a los otros; yo no entendía ni la mitad de lo que hablaban, pero lo que sí sabía era que debía empezar a picar aquel cemento lo antes posible, se hacía tarde y quería regresar a Madrid para comer.
– Buenos días, señores –dijo un individuo que, acompañado por el monje arremangado, llegaba al Altar con un jadeo casi obsceno; este estaría motivado, con total seguridad, por la subida de las escaleras del Monumento, pues los monjes, a mi corto entender, no procuraban fenómeno lascivo alguno–. Soy el subsecretario adjunto de la Oficina para la Reorganización Interestatal del Patrimonio Histórico, dependiente de la Dirección General de Ambiente Lúdico del Ministerio de Fomento, Infraestructuras y Ambientes Lúdicos –dijo el funcionario cuando hubo recuperado el resuello–. Ustedes se preguntarán cual es mi cardinal cometido aquí…
Ninguno de los presentes hizo ademán alguno que hiciera suponer el acarreo de tal duda pero, por si acaso, él la resolvió.
– Bien, pues no es otro que el de salvaguardar la memoria del anterior Jefe del Estado. Ser testigo, notario y custodio de todo cuanto aquí se haga, diga o vea.
Los religiosos rezongaron con cierta molestia. Unos ostentosos gestos de negación con su cabeza y sus brazos cruzados a modo de defensa, confirmaban su desagrado. No les gustó aquella incautación de funciones que el subsecretario adjunto pretendió al autoproclamarse testigo y notario de lo que allí aconteciera. Testigos y notarios: dos misiones que ya sus colegas los Apóstoles tenían como tareas fundamentales, y de las que ellos no iban a desasirse por el afán de notoriedad de un simple mortal. También los falangistas: altaneros, intransigentes, despóticos y, sobre todo, y lo que seguramente fue definitivo para la inmediata capitulación del funcionario, muy vehementes; pusieron de manifiesto de un modo muy impetuoso su desacuerdo con aquel representante del Estado.
Aquello estaba tomando un cariz muy osco, así que intervine antes de que tuviera que hacerlo la pareja de la Guardia Civil que acompañaba al subsecretario.
– Señores, he de comenzar con los trabajos, los restos del Caudillo esperan.
Por fin abandonaron todas aquellas estériles diatribas y recibí el visto bueno del abad que, a fin de cuentas, era quien mandaba allí.
Icé la piqueta con fuerza, bien alta, con el deseo íntimo de que aquel fuera el golpe más fuerte de todos los que hubiera dado en mis años de profesión; tensé los brazos y arqueé la espalda hasta sentir como mis riñones demandaban más espacio. Me atenazaban los nervios, no podía fallar en el golpe, desviarlo hacia el centro de la lápida haría que me convirtiera en la diana de las furias de aquellos energúmenos. La piqueta viajaba ya en el aire, a escasos centímetros de su sepulcral destino; entonces, una rugiente explosión pareció brotar del suelo de aquellas nostálgicas instalaciones. Lo que percibieron todos los presentes, fue que la tumba del Generalísimo aulló al recibir el profanador golpe. Todos los ojos se clavaron en mí, como si mía fuera la responsabilidad de tal quejido. Yo, consciente de mi inocencia, pero asustado, solté inmediatamente la piqueta y retrocedí unos pasos. Cuando todos se abalanzaban hacia mí (vaya usted a saber con qué intenciones), el rugido se hizo más profundo, bronco; parecía que nos quisiera engullir una suerte de dragón hipogeo, un comeprofanadores, guardián de las esencias del Movimiento. El rugido, lejos de desistir, incrementaba su volumen e intensidad hasta el punto de hacer temblar todo cuanto nos rodeaba. Sólo la lucidez del funcionario, quizá por su costumbre de analizar metódicamente cualquier situación anómala, supo atribuir con acierto la procedencia de aquel trueno subterráneo.
– Señores –dijo circunspecto–, aun siendo una apreciación personal y, por tanto, ajena a cualquier responsabilidad que pudiera inferirse al Ministerio que aquí represento, creo tener los indicios suficientes para asegurar que estamos siendo testigos de un terremoto.
No hizo más que decir esto y otra tremenda sacudida nos tiró al suelo. Se provocó una desbandada general en busca de techo seguro. Yo me acurruqué sobre la lápida, pero aquella enorme losa se desencajó de su apoyo yendo a caer por uno de sus extremos al interior de la tumba. Esto provocó que aquel Huerto del Señor se convirtiera en una especie de Parque de Atracciones del Terror, donde aparecían lápidas/tobogán cuya caída era frenada por el ataúd, ahora roto, del Generalísimo Franco. Al romperse la tapa con el impacto quedó al aire la parte superior del cuerpo del dictador. De pronto fui testigo de algo que nadie creería, incluso yo dudaba de la imagen que captaban mis ojos, ¿o quizá era mi mente la que procesaba de forma errónea las imágenes? No tuve la suficiente capacidad cognitiva para dilucidar cual de mis órganos era el culpable de aquella realidad que inundaba todos mis sentidos, incluso el olfativo, pues capté un tufillo a naftalina que me retrotrajo a los armarios de mi infancia.
Una vez cesó el temblor, desde arriba, comenzaron a llamarme para ver si tenía que rescatarme la Guardia Civil o darme un responso el abad. Yo no era capaz de articular palabra, sentado a horcajadas sobre lo que quedaba del ataúd, miraba y miraba, una y otra vez, restregándome los ojos con las manos.
– ¿Se encuentra bien, hermano albañil? –gritaba el abad desde el borde de la cárcava.
Yo me encontraba bien, físicamente no me dolía nada, pero mi mente no podía reaccionar. Finalmente, después de enfriar mi ánimo, fui capaz de contestar.
– Sí, me encuentro bien, y el Generalísimo también.
– Haga el favor de respetar la memoria de nuestro Caudillo –gritó el abad, secundado por los falangistas que, una vez recuperados del telúrico susto, alardeaban nuevamente de valor.
– No seré yo quien pierda el respeto a Su Excelencia –dije intentando ser correcto y midiendo mis palabras al milímetro–, pero lo cierto es que está muy bien.
El abad empezó a entender que algo extraño ocurría allí abajo. Algo que sólo alguien como el Caudillo, reconocido devoto de Santa Teresa y admirador sin igual de su dedo incorrupto, podría promover. Quizá la Basílica fuese la cuna de algún nuevo milagro; aunque aquello lo veía difícil, él abad era un hombre lo suficientemente ilustrado como para saber que los milagros no existen. De pronto se le heló la sangre al pensar en la posibilidad de que el cadáver del Caudillo hubiera sido objeto del sacrilegio de algún rojo rencoroso y desalmado.
– ¿Está… están –el abad no sabía como preguntar por el cuerpo de Su Excelencia sin herir sensibilidades–, están bien los restos del Generalísimo?
 – Sí, sí. Ya le digo que están muy bien, impecables diría yo, padre abad.
La serenidad regresó al rostro del abad mientras se asomaba a la fosa para lanzar un mensaje tranquilizador.
– No te preocupes hijo, enseguida bajarán a rescatarte.
El semblante del Caudillo era inmejorable. El trabajo que hicieron los embalsamadores del Pardo en nada podía envidiar a los profesionales que milagrean en las salas de restauración de cualquier plató televisivo. Tal era el lozano aspecto que lucía el difunto que, amparado por la soledad a la que me condujo aquel incidente tectónico, me tentó la idea de darle un cachetito en su cara. Nadie sería testigo de mi acción, y para mí sería un infinito regodeo poder ser uno de los pocos españoles, quizá el único, que le había dado un sopapo al dictador. Comencé a acercar mi mano, inevitablemente temblorosa, hacia aquella carita de jilguero que tenía el otrora águila imperial. Me fijé en su boca cerrada, en su nariz mortalmente desproporcionada, en sus gafas de sol cuadraditas…, esto me extrañó, pero lo atribuí a algún signo de desenfado que alguno de sus más próximos familiares quiso tener con él en el último momento. Antes de darle la bofetada juzgué digno de hombre probo quitarle las gafas; nunca debe abofetearse a un hombre engafado, por muy muerto que esté. Con mis dos manos las así por sus dos patillas y, cuando hube franqueado aquel giboso apéndice nasal, aparecieron sus dos ojitos sellados, extendí las falanges de mi mano derecha y le propiné un cachete cauteloso; temía que, a pesar de su florido aspecto, se deshiciera al primer toque. Pero vi que no, la cara aguantó el golpe con la dignidad de un púgil; entonces, me envalentoné y le di otro cachetito, aguantó; después un sopapo, lo soportó igualmente; enseguida vi que aquello era adictivo y quise rematar la faena con un buen bofetón antes de que me sobreviniera un síndrome de abstinencia bofetil. Fue cuando ocurrió lo imposible: una vocecilla aguda y débil emergió de entre los cascotes de cemento y las astillas de madera del ataúd: ¡españoles!, dijo aquella voz que no supe ubicar. La inquietud inundó mi ánimo. Allí no estábamos más que el difunto Caudillo, cuya veteranía en su calidad de muerto garantizaba su silencio, y yo. ¡Españoles!, volví a oír. Esta segunda invocación a mis compatriotas impelió mi voluntad de tal modo que trepé por la lápida hasta la superficie sin necesidad de apoyo logístico alguno.
– ¿No han oído eso? –pregunté cuando recuperé el aliento mientras volvía a oírse con una nitidez turbadora aquél: ¡españoles!
El padre abad se hizo a un lado y buscó la mirada cómplice de los falangistas antes de negar de un modo descarado aquella sonora evidencia. ¡Españoles!, volvió a escucharse entre tanto.
– Querido hermano albañil, nosotros no escuchamos nada, el señor funcionario es testigo de ello. Aquí nunca se escuchó nada. ¿Entiende?
No tuve muy claro que contestarle. Era evidente que, por alguna causa que a mí se me escapaba, todos ellos estaban confabulados para no atender aquel lastimoso llamamiento; el cual, si no fuera por la biológica imposibilidad, yo atribuiría al mismísimo Caudillo.
– Bien padre abad, entonces, ¿a qué debo atribuir esa “no” escucha? ¿Alguna alucinación, quizá?
– Querido hermano albañil, no deseaba involucrarle, pero me veo en la obligación de hacerle partícipe de nuestro secretillo –al decir esto volvió una cara de niño travieso hacia el resto de asistentes. ¡Españoles!, seguía escuchándose entre tanto–. Su selladora intervención, querido hermano albañil, debía poner fin a toda una serie de supuestos casos paranormales que, a costa de nuestro Generalísimo Franco Caudillo de España, algunos desalmados, seguramente unos rojos disfrazados de verdaderos españoles de bien, pretendían aventar y con ello hacer lucrativos negocios. Afortunadamente, nos dimos cuenta de una circunstancia trascendental: las nuevas corrientes de vientos procedentes de Madrid, se diría que resurrectores, son los culpables de esas voces que usted cree escuchar. En realidad, no son más que aflautados sones con que el viento, vivaracha creación del Señor, quiere hacernos rememorar tiempos mejores. Unos tiempos cuyos recuerdos salvaguardamos en la Basílica y que son nuestra razón de ser, la base de nuestro existir, y sin los cuales, ni nuestra Congregación, ni la Asociación de Falangistas Nacionalistas Anti… no sé qué, ni la Oficina para la Reorganización Interestatal del Patrimonio Histórico, recibirían las imprescindibles ayudas del Estado para subsistir, y si así subsistimos la mar de bien, para qué probar con otros modos, ¿no le parece, querido hermano albañil? Así pues, intentaremos arreglar todo este desaguisado que el mismísimo Mefistófeles se ha encargado de procurarnos y después sellará la tumba del Caudillo, que Dios Nuestro Señor tenga en su Gloria para toda la Eternidad. Por su motivación en este trabajo no se preocupe, si no salen del Valle de los Caídos esos ecos que el viento madrileño armoniza, será gratificado con generosidad. ¿Ha entendido todo, querido hermano albañil?
Yo lo entendí a la primera, claro que lo entendí. Trabajé como un demonio para poder colocar aquella losa en su original ubicación. Cuando terminé de sellarlo todo, mandaron hacerme una revisión médica en aquella clínica que mi jefe regentaba. Fue la última vez que vi a mi Carmen. Allí, después que el gerente de la empresa me desvelara que él también conocía el secreto de las ventosas flautas con voz de Franco, me diagnosticaron esquizofrenia paranoide y me ingresaron aquí.
– Doctor Mengele ¿Usted cree que saldré pronto?

  Por Diego Pérez