martes, 30 de octubre de 2012

MEFISTO Y LA MALDICIÓN DEL VIENTO

Relato finalista en el concurso de cuentos "Encuentro entre dos mundos" en Ferney-Voltaire (Francia)                                                           
         Decir que el silencio era sepulcral es una frase hecha que allí ganaba todo su sentido, pues en un sepulcro entrábamos y la falta de ruido era absoluta, casi clamorosa. El abad de la Basílica encabezaba la expedición con paso decidido. Sus faldones bailoteaban a cada zancada, como si debajo de ellos desfilara un pequeño ejército de duendes inquietos; le seguían una escuadra de falangistas con marciales ademanes y tres monjes benedictinos, cada uno de ellos con sus respectivos duendes bajo la sotana; después, marchaba yo, con el capacho de las herramientas a cuestas. A medida que nos adentrábamos hacia la nave central, aquel primigenio silencio se iba rompiendo con las reverberaciones de nuestros pasos y el bisbiseo asombrosamente rumoroso de las sotanas. Yo avanzaba mirando a cuanto me rodeaba con una mueca de asombro tatuada en mi cara, nunca había tenido tan cerca tamaña loa a la megalomanía: mármoles, granitos, tapices, frescos, bronces… Todo aquello ofrecía tal ambiente de sobreactuada solemnidad, que a cualquier ajeno a la Historia de España le resultaría casi cómico. A mí, como propio de tal Historia, me sobrecogía; más por lo que representaba que por lo que en realidad era. Ya no era más que el punto de encuentro de algunos nostálgicos que soñaban con la resurrección del “Salvador de las Españas”, pero representaba el odio y la represión que un estado fascista proyectó sobre el bando perdedor de una guerra fratricida e injusta, como todas. Pero nada de aquello me ocupaba ahora; allí, mi única misión era la de reforzar el sellado de hormigón que guarnecía la losa de cinco toneladas que cubría la tumba del Caudillo. Los últimos movimientos sísmicos habidos en la falla de Torrelodones habían provocado unas pequeñas fisuras alrededor de la lápida, y la empresa para la que yo trabajaba había ganado el concurso público por el que debía efectuar los trabajos de mantenimiento en la Basílica del Valle de los Caídos. Estaba acostumbrado a trabajar en lugares señeros, también teníamos adjudicado el mantenimiento del Palacio del Pardo, el del Palacio de la Zarzuela y estaba en negociaciones para la contrata con el Pazo de Meirás. Pero aquel lugar tenía un encanto muy especial, saber que allí se concentraba la esencia espiritual de todo el filofascismo español, le daba un toque de morbo muy atractivo.
Cuando el abad llegó a la altura de la tumba de José Antonio, todos los duendecillos de su faldón pararon al tiempo que él; tras una leve genuflexión que imitaron los tres monjes, hizo la señal de la Santa Cruz y continuó hasta rebasar la mesa del Altar. La escuadra de falangistas también paró frente a la tumba. Estos, en formación de a dos, se pusieron firmes a la orden de su jefe y después de que el mando gritase: ¡José Antonio!; ellos contestaron con un atronador: ¡Presente! Yo me asusté, no fuera a ser que a fuerza de gritarlo, algo de premonitorio hubiera en aquel clamor. Por fin rompieron filas y, a discreción, se situaron en el entorno de la lápida del Generalísimo (esta graduación –dentro de mi profunda ignorancia en materia castrense– siempre me pareció una salida de tono, pues a ningún otro profesional, por bueno que sea en el desarrollo de su actividad, se le ocurriría nunca llamarse a sí mismo Mediquísimo, o Profesorísimo, o Ingenierísimo). Cuando me tocó pasar junto a la tumba de José Antonio comencé a titubear sin saber muy bien si ponerme firme, persignarme, lanzar un sonoro ¡viva!, aun conociendo la imposibilidad de tal circunstancia, o pasar directamente sin más. Hice esto último y, por el rabillo del ojo, me di cuenta de lo poco que había gustado mi displicente actitud; después, quise enmendarla y me arrodillé, me persigné y estuve un ratito haciendo como que rezaba junto a la tumba de Franco. Afortunadamente, no se me notaba mucho que no me sabía ninguna oración que dispensar al ilustre finado. Pero tampoco acerté de pleno con mi maniobra de confraternización, algunos de los útiles que llevaba en mi espuerta, rodaron por la lápida yendo a parar encima del nombre del dictador. Otra vez me gané un implícito afeamiento de mi conducta a través de soslayadas miradas de los falangistas, los monjes y el abad; aunque lo cierto es que aquella censura no me resultó demasiado desagradable: tanta miradita reconfortó mi ego, algo dañado. Una vez saldados todos los saludos, oraciones y genuflexiones, pedí permiso a los presentes para empezar a trabajar. No hice más que colocarme para dar el primer toque de piqueta en el cemento, cuando empezamos a oír los ecos de una carrera provenientes del fondo de la nave.
– ¡Padre abad, padre abad, espere! –gritaba un nuevo monje que corría hacia nuestra posición arremangándose los faldones de su hábito y, de este modo, evidenciando que la supuesta existencia de duendecillos entre sus piernas no era más que una de tantas leyendas urbanas.
– ¿Qué ocurre, hermano? –dijo el abad con un vozarrón que retumbó en todo el Valle de los Caídos.
Aquella era una de esas voces que marcan el destino de su emisor: aquel hombre no podía dedicarse a otra cosa que no fuese la radio, el Bel Canto o la tapicería de sillones a domicilio; pero en él se ponía de manifiesto la capacidad del ser humano para contradecir a las cualidades innatas.
– Padre, un funcionario del Ministerio de Fomento, Infraestructuras y Ambientes Lúdicos dice ser el responsable civil de esta operación y, por ende, desea ser testigo de la misma desde su inicio.
El abad negó con su cabeza con resignado gesto y, mirando a la escuadra de falangistas, casi implorando su comprensión, contestó al monje lo único que, mal que le pesara, podía contestarle.
– Bien, hermano, hágale pasar, le esperaremos; le esperaremos como el verano espera la tormenta vespertina, como el sol espera, en su declive, la nube que le procure un rompimiento, le esperaremos como el cauce espera al agua, como la playa a la ola, como el cielo de una noche enamorada, espera a sus estrellas titilantes –dijo el abad autocomplaciéndose con su vozarrón en un ejercicio de onanismo fonético. Se ve que lo recoleto de su existencia en aquella Basílica no le ofrecía muchas ocasiones para aventar sus cualidades orales y quiso aprovechar la ocasión.
El jefe de la escuadra falangista quiso agradecerle su esmerada alocución.
– Sólo el vivir tan próximo al coraje del Caudillo de España, y la ilustración del camarada José Antonio…
– ¡Presente! –gritaron sus compañeros ganándose una mirada despectiva de su jefe.
–…puede procurar la lucidez y limpieza de espíritu que usted, padre abad, muestra en su acrisolada persona.
– No hay para tanto, sólo escucho el sonido de mi corazón, escucho el susurro de mi alma, sólo soy capaz de expresar lo que mi espíritu, siempre en comunión con el Altísimo, me dicta.
Empezaba a quedarme dormido, además de por el madrugón que me había pegado para subir desde Madrid hasta el Valle de los Caídos, por las cosas tan extrañas que se decían los unos a los otros; yo no entendía ni la mitad de lo que hablaban, pero lo que sí sabía era que debía empezar a picar aquel cemento lo antes posible, se hacía tarde y quería regresar a Madrid para comer.
– Buenos días, señores –dijo un individuo que, acompañado por el monje arremangado, llegaba al Altar con un jadeo casi obsceno; este estaría motivado, con total seguridad, por la subida de las escaleras del Monumento, pues los monjes, a mi corto entender, no procuraban fenómeno lascivo alguno–. Soy el subsecretario adjunto de la Oficina para la Reorganización Interestatal del Patrimonio Histórico, dependiente de la Dirección General de Ambiente Lúdico del Ministerio de Fomento, Infraestructuras y Ambientes Lúdicos –dijo el funcionario cuando hubo recuperado el resuello–. Ustedes se preguntarán cual es mi cardinal cometido aquí…
Ninguno de los presentes hizo ademán alguno que hiciera suponer el acarreo de tal duda pero, por si acaso, él la resolvió.
– Bien, pues no es otro que el de salvaguardar la memoria del anterior Jefe del Estado. Ser testigo, notario y custodio de todo cuanto aquí se haga, diga o vea.
Los religiosos rezongaron con cierta molestia. Unos ostentosos gestos de negación con su cabeza y sus brazos cruzados a modo de defensa, confirmaban su desagrado. No les gustó aquella incautación de funciones que el subsecretario adjunto pretendió al autoproclamarse testigo y notario de lo que allí aconteciera. Testigos y notarios: dos misiones que ya sus colegas los Apóstoles tenían como tareas fundamentales, y de las que ellos no iban a desasirse por el afán de notoriedad de un simple mortal. También los falangistas: altaneros, intransigentes, despóticos y, sobre todo, y lo que seguramente fue definitivo para la inmediata capitulación del funcionario, muy vehementes; pusieron de manifiesto de un modo muy impetuoso su desacuerdo con aquel representante del Estado.
Aquello estaba tomando un cariz muy osco, así que intervine antes de que tuviera que hacerlo la pareja de la Guardia Civil que acompañaba al subsecretario.
– Señores, he de comenzar con los trabajos, los restos del Caudillo esperan.
Por fin abandonaron todas aquellas estériles diatribas y recibí el visto bueno del abad que, a fin de cuentas, era quien mandaba allí.
Icé la piqueta con fuerza, bien alta, con el deseo íntimo de que aquel fuera el golpe más fuerte de todos los que hubiera dado en mis años de profesión; tensé los brazos y arqueé la espalda hasta sentir como mis riñones demandaban más espacio. Me atenazaban los nervios, no podía fallar en el golpe, desviarlo hacia el centro de la lápida haría que me convirtiera en la diana de las furias de aquellos energúmenos. La piqueta viajaba ya en el aire, a escasos centímetros de su sepulcral destino; entonces, una rugiente explosión pareció brotar del suelo de aquellas nostálgicas instalaciones. Lo que percibieron todos los presentes, fue que la tumba del Generalísimo aulló al recibir el profanador golpe. Todos los ojos se clavaron en mí, como si mía fuera la responsabilidad de tal quejido. Yo, consciente de mi inocencia, pero asustado, solté inmediatamente la piqueta y retrocedí unos pasos. Cuando todos se abalanzaban hacia mí (vaya usted a saber con qué intenciones), el rugido se hizo más profundo, bronco; parecía que nos quisiera engullir una suerte de dragón hipogeo, un comeprofanadores, guardián de las esencias del Movimiento. El rugido, lejos de desistir, incrementaba su volumen e intensidad hasta el punto de hacer temblar todo cuanto nos rodeaba. Sólo la lucidez del funcionario, quizá por su costumbre de analizar metódicamente cualquier situación anómala, supo atribuir con acierto la procedencia de aquel trueno subterráneo.
– Señores –dijo circunspecto–, aun siendo una apreciación personal y, por tanto, ajena a cualquier responsabilidad que pudiera inferirse al Ministerio que aquí represento, creo tener los indicios suficientes para asegurar que estamos siendo testigos de un terremoto.
No hizo más que decir esto y otra tremenda sacudida nos tiró al suelo. Se provocó una desbandada general en busca de techo seguro. Yo me acurruqué sobre la lápida, pero aquella enorme losa se desencajó de su apoyo yendo a caer por uno de sus extremos al interior de la tumba. Esto provocó que aquel Huerto del Señor se convirtiera en una especie de Parque de Atracciones del Terror, donde aparecían lápidas/tobogán cuya caída era frenada por el ataúd, ahora roto, del Generalísimo Franco. Al romperse la tapa con el impacto quedó al aire la parte superior del cuerpo del dictador. De pronto fui testigo de algo que nadie creería, incluso yo dudaba de la imagen que captaban mis ojos, ¿o quizá era mi mente la que procesaba de forma errónea las imágenes? No tuve la suficiente capacidad cognitiva para dilucidar cual de mis órganos era el culpable de aquella realidad que inundaba todos mis sentidos, incluso el olfativo, pues capté un tufillo a naftalina que me retrotrajo a los armarios de mi infancia.
Una vez cesó el temblor, desde arriba, comenzaron a llamarme para ver si tenía que rescatarme la Guardia Civil o darme un responso el abad. Yo no era capaz de articular palabra, sentado a horcajadas sobre lo que quedaba del ataúd, miraba y miraba, una y otra vez, restregándome los ojos con las manos.
– ¿Se encuentra bien, hermano albañil? –gritaba el abad desde el borde de la cárcava.
Yo me encontraba bien, físicamente no me dolía nada, pero mi mente no podía reaccionar. Finalmente, después de enfriar mi ánimo, fui capaz de contestar.
– Sí, me encuentro bien, y el Generalísimo también.
– Haga el favor de respetar la memoria de nuestro Caudillo –gritó el abad, secundado por los falangistas que, una vez recuperados del telúrico susto, alardeaban nuevamente de valor.
– No seré yo quien pierda el respeto a Su Excelencia –dije intentando ser correcto y midiendo mis palabras al milímetro–, pero lo cierto es que está muy bien.
El abad empezó a entender que algo extraño ocurría allí abajo. Algo que sólo alguien como el Caudillo, reconocido devoto de Santa Teresa y admirador sin igual de su dedo incorrupto, podría promover. Quizá la Basílica fuese la cuna de algún nuevo milagro; aunque aquello lo veía difícil, él abad era un hombre lo suficientemente ilustrado como para saber que los milagros no existen. De pronto se le heló la sangre al pensar en la posibilidad de que el cadáver del Caudillo hubiera sido objeto del sacrilegio de algún rojo rencoroso y desalmado.
– ¿Está… están –el abad no sabía como preguntar por el cuerpo de Su Excelencia sin herir sensibilidades–, están bien los restos del Generalísimo?
 – Sí, sí. Ya le digo que están muy bien, impecables diría yo, padre abad.
La serenidad regresó al rostro del abad mientras se asomaba a la fosa para lanzar un mensaje tranquilizador.
– No te preocupes hijo, enseguida bajarán a rescatarte.
El semblante del Caudillo era inmejorable. El trabajo que hicieron los embalsamadores del Pardo en nada podía envidiar a los profesionales que milagrean en las salas de restauración de cualquier plató televisivo. Tal era el lozano aspecto que lucía el difunto que, amparado por la soledad a la que me condujo aquel incidente tectónico, me tentó la idea de darle un cachetito en su cara. Nadie sería testigo de mi acción, y para mí sería un infinito regodeo poder ser uno de los pocos españoles, quizá el único, que le había dado un sopapo al dictador. Comencé a acercar mi mano, inevitablemente temblorosa, hacia aquella carita de jilguero que tenía el otrora águila imperial. Me fijé en su boca cerrada, en su nariz mortalmente desproporcionada, en sus gafas de sol cuadraditas…, esto me extrañó, pero lo atribuí a algún signo de desenfado que alguno de sus más próximos familiares quiso tener con él en el último momento. Antes de darle la bofetada juzgué digno de hombre probo quitarle las gafas; nunca debe abofetearse a un hombre engafado, por muy muerto que esté. Con mis dos manos las así por sus dos patillas y, cuando hube franqueado aquel giboso apéndice nasal, aparecieron sus dos ojitos sellados, extendí las falanges de mi mano derecha y le propiné un cachete cauteloso; temía que, a pesar de su florido aspecto, se deshiciera al primer toque. Pero vi que no, la cara aguantó el golpe con la dignidad de un púgil; entonces, me envalentoné y le di otro cachetito, aguantó; después un sopapo, lo soportó igualmente; enseguida vi que aquello era adictivo y quise rematar la faena con un buen bofetón antes de que me sobreviniera un síndrome de abstinencia bofetil. Fue cuando ocurrió lo imposible: una vocecilla aguda y débil emergió de entre los cascotes de cemento y las astillas de madera del ataúd: ¡españoles!, dijo aquella voz que no supe ubicar. La inquietud inundó mi ánimo. Allí no estábamos más que el difunto Caudillo, cuya veteranía en su calidad de muerto garantizaba su silencio, y yo. ¡Españoles!, volví a oír. Esta segunda invocación a mis compatriotas impelió mi voluntad de tal modo que trepé por la lápida hasta la superficie sin necesidad de apoyo logístico alguno.
– ¿No han oído eso? –pregunté cuando recuperé el aliento mientras volvía a oírse con una nitidez turbadora aquél: ¡españoles!
El padre abad se hizo a un lado y buscó la mirada cómplice de los falangistas antes de negar de un modo descarado aquella sonora evidencia. ¡Españoles!, volvió a escucharse entre tanto.
– Querido hermano albañil, nosotros no escuchamos nada, el señor funcionario es testigo de ello. Aquí nunca se escuchó nada. ¿Entiende?
No tuve muy claro que contestarle. Era evidente que, por alguna causa que a mí se me escapaba, todos ellos estaban confabulados para no atender aquel lastimoso llamamiento; el cual, si no fuera por la biológica imposibilidad, yo atribuiría al mismísimo Caudillo.
– Bien padre abad, entonces, ¿a qué debo atribuir esa “no” escucha? ¿Alguna alucinación, quizá?
– Querido hermano albañil, no deseaba involucrarle, pero me veo en la obligación de hacerle partícipe de nuestro secretillo –al decir esto volvió una cara de niño travieso hacia el resto de asistentes. ¡Españoles!, seguía escuchándose entre tanto–. Su selladora intervención, querido hermano albañil, debía poner fin a toda una serie de supuestos casos paranormales que, a costa de nuestro Generalísimo Franco Caudillo de España, algunos desalmados, seguramente unos rojos disfrazados de verdaderos españoles de bien, pretendían aventar y con ello hacer lucrativos negocios. Afortunadamente, nos dimos cuenta de una circunstancia trascendental: las nuevas corrientes de vientos procedentes de Madrid, se diría que resurrectores, son los culpables de esas voces que usted cree escuchar. En realidad, no son más que aflautados sones con que el viento, vivaracha creación del Señor, quiere hacernos rememorar tiempos mejores. Unos tiempos cuyos recuerdos salvaguardamos en la Basílica y que son nuestra razón de ser, la base de nuestro existir, y sin los cuales, ni nuestra Congregación, ni la Asociación de Falangistas Nacionalistas Anti… no sé qué, ni la Oficina para la Reorganización Interestatal del Patrimonio Histórico, recibirían las imprescindibles ayudas del Estado para subsistir, y si así subsistimos la mar de bien, para qué probar con otros modos, ¿no le parece, querido hermano albañil? Así pues, intentaremos arreglar todo este desaguisado que el mismísimo Mefistófeles se ha encargado de procurarnos y después sellará la tumba del Caudillo, que Dios Nuestro Señor tenga en su Gloria para toda la Eternidad. Por su motivación en este trabajo no se preocupe, si no salen del Valle de los Caídos esos ecos que el viento madrileño armoniza, será gratificado con generosidad. ¿Ha entendido todo, querido hermano albañil?
Yo lo entendí a la primera, claro que lo entendí. Trabajé como un demonio para poder colocar aquella losa en su original ubicación. Cuando terminé de sellarlo todo, mandaron hacerme una revisión médica en aquella clínica que mi jefe regentaba. Fue la última vez que vi a mi Carmen. Allí, después que el gerente de la empresa me desvelara que él también conocía el secreto de las ventosas flautas con voz de Franco, me diagnosticaron esquizofrenia paranoide y me ingresaron aquí.
– Doctor Mengele ¿Usted cree que saldré pronto?

  Por Diego Pérez


martes, 23 de octubre de 2012

REALIDAD RITUAL


¿Vivimos en una sociedad sustentada por la mentira? ¿Os habéis preguntado alguna vez cual es vuestra media de fingimientos diarios?
Tomemos como prueba un día cualquiera desde primera hora de la mañana. Abro el oído a las 6:30 AM y me despierta el rotundo vozarrón de “mi” locutor de radio. Continúo por unos instantes instalada en el duermevela. Mi onírica situación me lleva a fantasear con la posibilidad de que el bulto que ronca a mi lado sea el afamado locutor, pero la intervención de una voz femenina en el desarrollo de una noticia me hace presumir que he sido partícipe de un trío: bueno, si es con él… Repentinamente, desciendo del Edén y me veo junto a Luis; el pobre está reventado de la paliza que se pegó ayer en el trabajo y ronca como un bendito. Con mucho pesar por el brusco abandono de tan grata compañía (la del locutor, lógicamente), me incorporo lo suficiente para despertar a Luis formulándole al oído la pregunta de rigor.
– Buenos días, cariño. ¿Te duchas tú primero o voy yo?
Luis se da la vuelta profiriendo unos sonidos guturales que me recuerdan a la berrea de un ciervo en celo; deduzco que me cede el honor de calentarle el cuarto de baño. Justo antes de lanzar mi parte del edredón a su lado, un tremendo rugido surge de las mismísimas entrañas de la cama. Ha sido tal el estruendo y subsiguiente hedor, que no dudo en que tal actitud sea constitutiva de delito. Finjo no haber oído nada, empecemos bien el día. Me desnudo y, antes de la ducha (que el pelo mojado pesa mucho), reto un día más a la báscula: cien gramos más que ayer. Finjo no verlo, pero enseguida reparo en que es absurdo, prefiero pasar a la autoexculpación: “Anoche bebí mucho agua”, intento mentirme mientras mi otro yo hace memoria de lo sabroso que estaba el bocadillo de jamón que me preparó Luis (que otra cosa no tendrá, pero prepara unos bocadillos de jamón con tomate…). Salgo de la ducha y entro desnuda en la habitación; finjo no ver la erección que luce Luis: “No estamos ahora para esas, Luisito”. Cojo unas braguitas de lunares, pero inmediatamente corrijo y las cambio por un tanga color carne, he pensado que me voy a poner los pantalones blancos y la blusa estampada con el sujetador que convierte mis dos pellejillos en algo que parecen pechos, quizá hoy vaya a la oficina el informático para lo del intranet y me apetece que me vea guapa. Es un manazas con los ordenadores, pero el tío está de rechupete y hay que regalarse la pestaña de vez en cuando. Luis aún se está levantando cuando yo ya estoy lista. Aprovecho el instante que deja de rascarse los genitales con ostentosa notoriedad para darle un beso de despedida.
– Hasta luego, cariño. Haz la cama antes de salir.
– ¿Dónde vas tan maqueada?
– Tengo una reunión con los plastas de Madrid.
– Hum, ten cuidado con el coche.
Como habréis observado los más avezados lectores, en este primer tramo de la cotidiana vida de cualquier mujer ya se han dado algunos indicios, si bien es cierto que leves, de la cuestión que nos ocupa. Prosigamos.
Después de aparcar, me dirijo a buen paso hasta la cafetería que tenemos justo enfrente de nuestras oficinas. Cuando entro, Julián, el camarero, me mira de arriba abajo con un esmero que no sé si achacar a su falta de entendimiento o a la desfachatez de su carácter.
– Vamos ya… lo más bonito de todo el barrio. ¡Uno con leche desnatada y sacarina! –le grita a su compañero mientras fija definitivamente su errática mirada en mis tetas.
– Gracias, Julián –le contesto con una sonrisa más falsa que la declaración de bienes de un Concejal de Urbanismo.
En la cafetería entra Sole, la responsable de compras de la empresa.
– Buenos días, que guapa estás hoy –dice mientras escruta mi atuendo.
Sole emplea un tono en su aseveración con el que engañaría a cualquier interrogador de la antigua Brigada Político–Social, pero a mí no. Yo sé bien lo que piensa, pero le perdono, pobrecilla, bastante tiene con lo de su cara.
– Gracias cariño. Tú también te ves muy favorecida. Debe ser la primavera, que nos altera la sangre.
– Será –remata con desánimo consciente de lo suyo.
Terminamos el frugal desayuno y nos dirigimos a nuestra oficina. Es una empresa de materiales plásticos; nada que colme mi creatividad ni dé rienda suelta a mi espíritu bohemio, pero es lo que hay. Entré en ella como administrativa hace diez años, al poco de terminar la carrera de Administración y Dirección de Empresas, ahora soy ejecutiva de cuentas de la zona sur de la Península Ibérica y Marruecos.
Entro en la oficina y ya están allí los tres administrativos: Andrés, Rafa y Dani. Dani es el último que se ha incorporado a la empresa, y el que con más descaro nos mira el culo a todas. Sole dice que no le soporta, pero le ríe sus gracias; la pobre, con lo suyo… Yo tampoco le aguanto, es un tipo seboso, casposo, empalagoso y lo peor: no tiene ni puñetera idea de trabajar. Pero todos estos “encantos personales” se ven adornados por una circunstancia que delimita nuestra animadversión hacia él: es sobrino de don Emilio, el gerente, y como tal, ya se oyen rumores de un ascenso inminente; oremos al Señor para que algún día llegue el fin de tanta injusticia. Al tal Dani le pido un informe de la facturación de uno de nuestros más importantes clientes. Con una mueca que desborda estulticia me contesta que no conoce tal empresa, que si se lo puedo solicitar por escrito. Con mi característica sonrisa (ya saben, la de la declaración de bienes de…), le digo a Rafa que si puede preparármelo él, que tengo un poco de prisa para llevarme el dossier a la reunión. Rafa, que el pobre es feo como un demonio, pero trabaja que parece mentira que sea hombre, pretende reventar la cabeza de Dani con su mirada, pero esta sale indemne del ataque seguramente debido a su extrema vacuidad. En un santiamén, Rafa me tiene preparado el informe sobre la mesa.
– Muchas gracias, cariño, no sé qué sería de mí sin ti –le digo, pásmense, con la mayor de mis sinceridades; he de aclarar que esta empatía con Rafa viene de largo, desde que me presentó a su novio: un tipo encantador.
Ya lo tengo todo preparado sobre mi mesa a la espera de que don Emilio dé su orden para subir a la sala de reuniones, tres plantas más arriba. En ese instante llega el informático con su polo ajustado, sus brazos hercúleos al tiempo que sensuales y delicados, ese culito respingón… Yo me hago la encontradiza, simulando indiferencia pero provocando notoriedad. Paso junto a él con un montón de carpetas de atrezo que apenas se sostienen en mis brazos. No hay suerte, el tío ni me mira. Entra Rafa en el despacho y le saluda con efusión propinándole dos sonoros ósculos. Claro, cómo iba a mirarme.
– ¿Tenéis todo listo? –pregunta el gerente desde el pasillo.
Suelto el montón de carpetas en el suelo, cojo mi portátil y me dirijo al rellano de la escalera.
– Gloria –me dice el gran jefe–, he pensado que sería bueno que nos acompañara Dani a esta reunión.
– ¡¿Dani?! –por un instante se me pasa por la cabeza mandar a la mierda a don Emilio, pero, inmediatamente, pienso en lo contento que está el del banco cuando todos los finales de mes descubre que me “realizo” como mujer y pago la hipoteca con mi nómina– Claro, claro, sería bueno.
Mi cinismo tiene sus límites y en esta ocasión estos me impiden siquiera esbozar la sugerencia de una sonrisa. Con gesto grave me dirijo a la escalera.
– ¿No subes en el ascensor con nosotros? –me pregunta don Emilio compartiendo con su sobrino una mirada a mi culo.
Vuelvo a pensar en el del banco y me esfuerzo en sacar una sonrisa de donde no la hay; esta sí que es falsa, espuria, hipócrita, tan increíble como artificiosa.
– No, gracias. Prefiero hacer un poco de ejercicio.
Cuando llego a la sala de juntas veo a Cris, la ejecutiva de cuentas de la zona norte, hablando con Sole. Hacía mucho que no venía por la central, al menos un año; la pobre sigue tan gordita como siempre.
– Hola Cris, guapetona –le digo mientras nos damos dos besos cuñaderos–, estás más delgada.
– No, ¿sí?, ¿tú crees? –dice mientras se palpa los michelines al tiempo que piensa que soy una zorra por llamarla gorda delante de todo el mundo– Pues tú sigues igual de guapa que siempre; hija, que envidia –simula bajar el volumen de sus voz para que parezca una confidencia–, ya me gustaría a mí tener los pechos como tú, pero con estos cántaros…
Lo sabía, sabía que su venganza sería rápida. Cris es una mujer muy inteligente y de reflejos insuperables, una eminencia, pero una eminencia malvada.
– Hay hijas –tercia Sole–, a mí sí que me dais envidia: yo estoy a dieta desde que empecé con la menopausia y sólo he perdido tres kilos –dice, ella sí, regodeándose en su delgadez; pero claro, bastante tiene con lo de su cara, la pobre...
– Pero, tú estás muy cambiada –dice Cris, que tiene para todos–, desde que te has arreglado la boca…
– ¿La boca? No, pues no me he hecho nada –aclara Sole, afligida.
Terminamos con nuestros navajazos e interrumpimos la siempre interesantísima conversación que mantienen los hombres.
– Bueno –digo con ímpetu–. ¿Trabajamos un poquito?
La reunión se alarga más de lo previsto, nos da la hora de comer y aún quedan algunos temas importantes que tratar. Decidimos comer en el bar de abajo.
A estas alturas de la somera narración de cualquier día laborable de una mujer, ya se han podido observar innumerables casos en los que el disimulo, la hipocresía, el fingimiento…, llamadlo como queráis, se han dado con una normalidad convivencial. Continuemos.
Yo entiendo la comida de trabajo como una mera merma del hambre, para que el estómago se entretenga y así deje trabajar a la cabeza y, por supuesto, con agua. Concepto totalmente distinto, se diría que opuesto, al que tienen los elementos masculinos de la empresa. El gerente se ha zampado un plato de salmorejo con langostinos de primero, y un platazo de rabo de toro con guarnición de patatas a lo pobre (paradojas de la vida) de segundo, todo ello regado con abundancia (incluso anegado) por un buen tinto de la tierra. A su zaga va el de Madrid: este, menos tragón, sólo se ha empleado, eso sí, a fondo, con el rabo de toro. A medida que va disminuyendo el vino de las botellas, se van incrementando las risas estruendosas, los sofocos descorbatados y los comentarios rijosos que tanto Cris, como la pobre Sole o como yo misma, aguantamos con una media mueca de sonrisa tatuada en nuestra cara. Esto va empeorando, después del vino de la comida han llegado los licores del postre, después, “venga, un cubatita para que entre todo bien”, dice el de Madrid recalcando la obvia doble intención de su grosero comentario; sobre todo, viniendo este de quien viene, si eso me lo hubiera dicho el informático…, o “mi” locutor matutino…, bueno, o mi propio marido; pero que me lo diga este impresentable me provoca náusea. Las tres mujeres compartimos miradas de complicidad y Cris, con una de sus sonrisas, decide dar por terminada la comida de trabajo.
– Bueno señores, yo creo que lo que faltaba por tramitar podemos hacerlo nosotras. Les dejamos.
Con ciniquísimas sonrisas por nuestra parte, nos levantamos de la mesa oyendo algún lejano y etílico comentario sobre los culos de las tres. Lógicamente, lo ignoramos y continuamos nuestro camino a la oficina.
Como habréis podido observar, el muestrario de fingimientos e imposturas es casi infinito. La jornada ya está a punto de finalizar, pero no por ello la bigardía. Llego a casa hasta las narices de sonrisitas fingidas, elogios desleales y adulaciones espurias. Me quito la blusa estampada, el sujetador negro (que me tiene las tetas aprisionadas hacia arriba para que parezcan algo), el pantalón blanco y el tanga color carne, casi mimetizado con mis partes íntimas. Tanto esfuerzo para que el informático ni me mirara. Me doy una duchita rápida y me pongo las bragas de cuello vuelto que tanto odia mi marido y una camisola ya casi transparente de tanto uso. Me despanzurro en el sillón con el mando de la tele en la mano esperando a que llegue él. A ver si tengo suerte y le apetece hacer un par de bocadillitos de jamón con tomate. Luis llega al instante.
– Hola mi amor –le digo desde el salón.
– ¿Qué tal el día?
– Mal. Los jefes se han emborrachado en la comida y el informático no ha podido arreglarme lo mío. ¿Por qué no haces unos bocadillitos como los de ayer?
– Voy –contesta lacónico.
Oigo trasteos en la cocina y Luis me lanza un aviso.
– ¡Niña! Hace mucho que no me amas.
Es su modo de decirme que su erección matutina no fue por casualidad.
– Hazme bien el bocadillo y después te recompenso.
El bocadillo está delicioso, como de costumbre. Aunque yo no estoy muy inspirada, no soy mujer de ir dejando deudas, recogemos lo de la cena y nos metemos a ver la tele en la cama. Él comienza con las caricias, las cosquillas, los arrumacos…
– ¿Te doy un masajito en la espalda? –me dice al oído.
– Vale, pero con los calzoncillos puestos.
– Así no tiene gracia.
– Pues es lo que hay.
Empieza a estrujarme la espalda y yo comienzo a encontrarme más predispuesta. Ya lo dice el refrán: “Aquello es como el rascar, todo es empezar”. Pero heme ahí que al ratito de emprender aquel encuentro íntimo con mí marido, un despiste se apodera de mi concentración y brotan en mi mente los recuerdos del espectáculo de la comida. Toda mi inspiración se va a hacer puñetas, ahora estoy como para ver el telediario, pero me da reparo dejar a Luis a medio rascar. Prosigo con los jadeos y los movimientos convulsos más falsos que un euro de madera, intentando que él no note mí distracción. Empiezo a plantearme que, además de tener que planchar mañana sin falta, soy idiota, si no me apetece rascar, pues no me apetece, aunque estemos a mitad de camino. Estoy hasta las mismísimas narices de andar fingiendo todo el puñetero día para que los demás se encuentren más cómodos a costa mía, se acabó, se acabó y se acabó.
– ¡Se acabó! –grito al oído de Luis.
– Pero, cari… ¿Qué te pasa? –dice con una cara de susto y un patetismo en su aspecto, que hay que estar muy enamorada de él para no morir de la risa.
– Que ya está bien, que se acabó, que estoy harta de andar fingiendo todo el día.
– Tienes razón, cari. Vamos a dormir. A mí tampoco me apetecía mucho.
La reacción de Luis me sorprende, ¿será ahora cuando finge él o fingía antes?
En cualquier caso, es buen punto para concluir esta jácara ofreciendo una oportunidad a los sueños para que, desde su impunidad, conviertan lo fingido en real y lo cierto en simulado.

viernes, 19 de octubre de 2012

DISFUNCIÓN PÚBLICA

                          

Siempre he sido una mujer resolutiva y de emprendedor ánimo, pero odio tener que enfrentarme al mundo proceloso, plúmbeo, engorroso, áspero, aflictivo, descorazonador, incansable generador de atrabilis, ponzoñoso pozo de la desidia, escabroso útero del averno, perseverante forjador del desánimo, seguro aniquilador de la ilusión que para mí representa la Administración; pero, mal que me pese, no me queda otro remedio: he recibido la primera propuesta de trabajo después de tres años de paro y no puedo dejar pasar esta oportunidad; además, aunque esté feo el decirlo, las gestiones a realizar son para trabajar en ese mundo que tanto fustiga mi sazón. Se trata sólo de suplir una baja por maternidad, no crean que es algo vitalicio. El caso es que he de comenzar con la peregrinación de todos los trámites burocráticos que me exigen para hacerme el contrato de interinidad. A saber: título de bachillerato o equivalente, certificado de empadronamiento o equivalente, certificado de penales o equivalente, certificado de no incompatibilidad con el cargo o equivalente, certificado de idoneidad del Colegio de Psiquiatras o equivalente (sirve bula pontificia o confesión sacerdotal), declaración jurada de buenas intenciones y comportamientos probos o equivalente. Tengo que elegir por cual de todas estas gestiones comienzo y, como no alcanzo a comprender qué se entiende por las equivalencias, me centro en los epígrafes de cada requerimiento. El título de bachillerato lo aprobé hace más de quince años, pero mi dejadez, mi desorden vital y la falta de necesidad de haber tramitado antes su adquisición física, me obligan a que sea ahora cuando tenga que gestionar su obtención. Me dirijo al instituto de mi antiguo barrio para solicitarlo y, en su lugar, me encuentro con un edificio de viviendas de quince plantas. Tengo que dirigir entonces mis pasos hacia el archivo general del Ministerio de Educación. Una vez allí, entro en un gran despacho repleto de mesas empapeladas de informes, solicitudes y papelillos adhesivos de colores. Tras un enorme mostrador repleto de legajos me atiende una funcionaria que, con un aspecto algo desmejorado (entiéndase por desmejorado: ajado, pachucho; ya que desconozco el aspecto anterior de la susodicha y quizá antes fuera aún peor) inmediatamente se dirige a mí.
- Buenos días. ¿En qué puedo ayudarla?
- Buenos días. Vengo a recoger mi título de bachillerato.
- ¡Uff! Para ese trámite tiene que dirigirse a la mesa cuatro, tras la columna.
Miro a mi alrededor y observo que en aquel gran despacho lleno de mesas, sillas, papeles y carpetas no hay nadie más, sólo la funcionaria ajada y yo.
- ¿Vendrá ahora su compañera? -pregunto con candidez.
La funcionaria me mira como si delante de ella acabara de aterrizar una nave procedente de Orión y yo fuera el primer signo de vida que descendiera de ella. Por fin, contesta.
- Coja número de aquel dispensador y espere su turno.
Con muy pocas esperanzas de ser atendida con prontitud, me dirijo al dispensador al tiempo que veo a la mujer cómo se levanta de su sitio después de rematar con su sello algunos documentos. Decido esperar sentada en unas sillas colocadas frente al mostrador que imagino dispuestas para la espera de los administrados. Antes de sentarme suena la chicharra del turno; miro mi papel y, asombrada, compruebo que coincide con mi número. Me dirijo con prontitud a la mesa cuatro, tras la columna, y allí está la funcionaria deslustrada.
- Uy, disculpe… -le digo con recato-. Creí que era para mí.
- ¿No tiene usted el cincuenta y cuatro?
Miro algo medrosa el número y contesto balbuciente.
- Sí, es el mío, pero como usted…
- Pues, dígame. ¿Qué necesita?
Por un instante dudo de si me esta tomando el pelo o, al menos, intentándolo. Se lo he explicado hace un momento, pero como lo último que quiero es tener problemas con la que podría ser mi futura compañera, insisto en mi petición, ahora en la mesa cuatro.
- Quiero recoger mi título de bachillerato.
- Bien, tiene que rellenar el formulario P-13 y entregarlo en la mesa tres.
Me quedo esperando a que me facilite el formulario P-13, pero como la veo inmóvil, pregunto.
- ¿Y el formulario, donde lo consigo?
Ahora me mira con cara de sorpresa y asombro, como si en aquel primer indicio de vida que descendió de la nave de Orión hubiera reconocido a un primo hermano suyo perdido en la niñez. Finalmente, con un toque de amable displicencia, me indica el procedimiento a seguir.
- El formulario P-13 tiene que recogerlo en el mostrador de la entrada, lo rellena y lo entrega en la mesa tres; después, puede esperar un rato hasta que lo firme la jefa de sección o regresar otro día, como prefiera. Si no tiene mucha prisa…
Me requetemuerdo la lengua para no parecer una ciudadana conflictiva y me despido de ella con gratitud.
- Muchas gracias, muy amable… en el mostrador, ¿verdad?
Allí la dejo revisando otros documentos mientras oigo cómo los remata y remata con su sello, con la habilidad y rapidez que sólo los años de servicio procuran. Me dirijo al mostrador de la entrada con la misma perplejidad con que me dirigí a la mesa cuatro: observando con extrañeza lo vacío de aquella estancia. Me apoyo en el mostrador a la espera de que me atienda algún compañero de la funcionaria pachucha. Empiezo a fantasear con la posibilidad de que debajo de cada una de aquellas mesas se esconda un empleado público súper cachas, de los de anuncio de refresco, de esos que sólo existen en la mente calenturienta de los publicistas; en mi vívida imaginación veo como emergen de las mesas contoneando sus torsos desnudos y sudorosos, esparciendo por todos lados los documentos que tapizan cada uno de los muebles de aquel enorme despacho…
- ¡Oiga, oiga! -me amonesta la funcionaria marchita con un papel tamaño folio en la mano- ¿No necesitaba usted un formulario P-13?
Me despido rápidamente de todos mis futuribles e imaginarios compañeros y recupero la vigilia prestando toda mi atención a aquella pobre mujer que anda loca atravesando todo el despacho de un lado a otro, imagino que cumpliendo con el reglamento establecido.
- ¡Ah!, sí. Muchas gracias.
Tomo el supuesto formulario P-13 y enseguida reparo en que me ha facilitado el formulario P-3. Con tono afable, le hago ver su error.
- ¡Uy! Disculpe, es que con tanto lío… -me contesta sacando inmediatamente un formulario P-13 de debajo de la mesa.
No sé por qué, pero sospecho que debajo de su mesa sí hay alguno de aquellos del torso desnudo, o quizá su rubor se deba al fallo cometido; en cualquier caso, relleno rápidamente el formulario mientras ella continúa con el incansable traqueteo de su sello, ahora haciendo un dueto con la grapadora y alguna somera intervención de la fotocopiadora. Cuando termino de rellenar el formulario me dirijo a la mesa tres con la vana esperanza de encontrar a otra funcionaria, pero la soledad de la estancia persevera. Yo, avispada donde las haya, enseguida reparo en que me falta un requerimiento: coger un número de turno. Me dirijo al expendedor de números y oigo cómo de inmediato cesa el concierto de cámara para sello y grapadora.
- ¡Nooo! -grita la funcionaria percudida- No es necesario que coja número ¿No ve que está usted sola? ¿Qué necesita?
Empiezo a dudar, creo que lo que verdaderamente necesito es un psiquiatra. Sé que una de las dos está loca, pero como no estoy segura de ser yo, me acerco con cautela hasta el mostrador.
- Quiero entregar esta solicitud, para lo de mi título…, ya sabe.
Ella, muy dispuesta, me recoge la solicitud y empieza a leerla por encima.
- Ah…, sí; un formulario P-13. Espere un momento. Mejor coja un número y entréguelo en la mesa tres.
No puede ser, debe tratarse de algún programa de cámara oculta. Empiezo a buscar por toda la sala algún espejo espía tras el cual se escondan el regidor, un cámara y algún presentador gracioso y guaperas; pero no veo nada extraño. Me dirijo nuevamente a las sillas de espera cuando oigo que la puerta se abre, “estoy salvada”, pienso de inmediato. Al menos, en caso de asesinato, habrá un testigo.
Entra una mujer de unos cincuenta años con aspecto lozano y jovial. Lleva un vaso de café de máquina en cada mano.
 - A ver, Margarita. ¿Que tal te has portado con esta señora? -dice la mujer encafetada lanzándome una mirada de complicidad y, casi susurrándome al oído, me aclara algo que me lleva a la comprensión de lo sucedido en los últimos minutos- Es la hermana de mi compañera: con esto de los recortes, hoy cerraban su centro y me ha pedido el favor de hacerme cargo de ella mientras intenta solucionarlo. La pobre estuvo trabajando aquí muchos años y terminó mal. Hay quien dice que la adaptación a los constantes cambios en los planes educativos influyeron; el caso es que ahora está de la cabeza…, ya sabe.
- Ya, ya. Me hago cargo -contesto con gran alivio. Empezaba a dudar de la conveniencia de aceptar un puesto de trabajo que, a priori, prejuzgaba, al menos, tranquilo.
- Dígame -me apunta la mujer una vez ha depositado los cafés en la mesa que ocupaba la deslustrada- ¿En qué puedo ayudarla?
- Quería recoger mi título de bachillerato -digo regodeándome en la segura prontitud con que ahora se resolverá mi gestión.
- Ah…, sí…, diríjase a la mesa cuatro, tras la columna; coja número de aquel dispensador y espere su turno.




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