domingo, 9 de diciembre de 2012

LECTURA APASIONADA

El viento arreciaba y las contraventanas de madera repiqueteaban contra su marco con una vehemencia nerviosa, como si hubieran cobrado vida y quisieran liberarse de una vez por todas de sus esclavizantes bisagras; ese traqueteo se mezclaba con el aporrear de las gotas de lluvia estrellándose con furia contra los cristales. Betty, enojada, pensaba que no era la mejor noche para quedarse sola, precisamente el día de su quinto aniversario; pero Brad no podía faltar a aquella cita. Aquella noche tuvo que ser cuando el viejo Arthur le reclamara para una cena con todos los asociados del bufete. Quizá regrese con buenas noticias, pensó Betty,… Maribel aprovecha el cambio de página para tomar otro sorbo de café …había una plaza de asociado vacante desde hacía al menos año y medio, y Brad era el abogado más antiguo en plantilla. Aquella debía ser la preocupación que últimamente le tenía más huraño. Brad siempre había sido un hombre atento y meticuloso, pero en las últimas semanas estaba ausente, despistado; no parecía él. Betty esbozó una sonrisa cuando recordó su último despiste: ¡Guardó bajo su almohada el cuchillo de trinchar el pavo! Qué risa pasaron cuando, al despertar, Betty le vio aferrado a él como si del mando del televisor se tratara. Un nuevo relámpago estremeció a Betty arrancándola de aquellos gratos recuerdos. La tormenta tomaba fuerza y la casa parecía que de un momento a otro despegaría del suelo; todo eran crujidos y aporreos en las ventanas. La puerta de la cocina cedió al viento y golpeó contra la pared haciendo temblar todos los tabiques, Betty corrió a cerrarla y vio aparecer los faros de un coche al fondo del jardín. Por fin, pensó Betty; ¡Brad! Corre, te empaparás, le gritó desde el escalón de la entrada. Pero del coche bajó un hombre que no parecía su marido, alarmada, retrocedió unos pasos sin despegar sus ojos de aquella figura. A través de la negra lluvia que encortinaba su visión, observaba horrorizada cómo aquel hombre se aproximaba a la casa con un gran machete en su mano. La luz comenzó a parpadear hasta que: cocina y jardín, se fundieron en una oscuridad densa, infranqueable. Tenía que cerrar la puerta lo más rápido posible, aquel hombre pronto la alcanzaría. Temblando de terror se aproximó a la entrada cuando un nuevo relámpago le ofreció una imagen pavorosa: frente a ella descubrió a Brad blandiendo el enorme cuchillo y con la cara desencajada. Betty comenzó a chillar de un modo desesperado, ante ella todo volvió a la oscuridad; a ciegas, intentó arrastrar la mesa de la cocina para taponar la puerta, pero un fuerte estruendo hizo que retrocediera de nuevo unos pasos… Maribel oye un fuerte golpe en la cocina y pega un respingo en su sillón; se relaja al ver aparecer a Leo caminando con su felina parsimonia. Que susto me has dado, ven aquí, le dice mientras el siamés se acurruca en sus pies. Toma otro sorbo de café y retoma la lectura …ahora solo se escuchaba el chapoteo del agua cayendo en el jardín y el jadeo de Brad que se aproximaba a ella arrastrando sus pies lentamente, con la cadencia de un cazador cauto y protervo. Betty, aterrada, continuó retrocediendo con pasos torpes e indecisos; Brad, por Dios, ¿qué te ocurre? ¿Quién eres? Tú no eres mi Brad, balbuceó Betty instantes antes de tropezar y caer de espaldas. Un haz de luz le mostró cómo el cuchillo caía hacia su pecho… Leo da un salto hacia el sillón de enfrente mientras bufa con rabia erizando el pelo de su lomo arqueado; Maribel nota un fuerte golpe en la garganta y ve, horrorizada e incrédula, cómo brota sangre bajo su barbilla empapando las páginas del libro que sostiene en su regazo; suelta el libro y toca su garganta; intenta gritar pero solo es capaz de lanzar un gorjeo gutural ahogado en su propia sangre. La vista se le nubla…

Por Diego Pérez

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viernes, 30 de noviembre de 2012

PELIGRO SOCIAL

- Pues que quieres que te diga, a mí me parecían normales -insiste Andrés desde el interior del quiosco-; es más, él me era bastante simpático.
- Ya, ya, simpático. Para que te fíes -le contesta Esteban mientras ojea el Marca.
- Hombre, conmigo no se portaba mal. Compraba el periódico todos los domingos, y si venía con su chico pequeño le cogía alguna revista de esas de naturaleza.
- Ya me contarás, pobre chaval -dice Esteban sin parar de pasar las hojas del periódico deportivo con displicente atención, como si cumpliera con la obligación de revisar el BOE-. Como no cambien de barrio…, seguro que se mudan, cuando paguen lo que marque la justicia por el problema que se han buscado se mudarán. Si no, ese chico será el hazmerreir del barrio toda su vida.
- Hombre, no será para tanto.
- Huy que no, te lo digo yo que de eso entiendo un poco -Esteban cierra el Marca con energía y lo deja donde lo cogió- Me marcho, que termina el recreo y tengo que seguir domando a estos fieras.
Por el camino se da de bruces con la farmacéutica, a la sazón, madre de uno de sus alumnos.
- ¿Adonde vas con tanta prisa, Tere?
- Voy al banco, tengo que hacer el ingreso para la excursión del niño. Me tengo que ir rápido que he dejado a la chica sola en la farmacia. Pero mira, me viene bien encontrarte aquí. Quería preguntarte por los chicos del colegio.  ¿Qué tal han aceptado lo de…? -Tere ladea la cabeza en un gesto mudo de complicidad.
- Bien, no te preocupes. Los chicos asimilan todo rápidamente, vosotros en casa no le deis demasiada importancia. Lo peor se lo llevará el pequeño de ellos; aunque, me parece que ese ha salido al padre.
- Hay que ver… Bueno, te dejo que llevo prisa.
Tere reanuda su camino con pasos cortos pero rápidos. Su bata blanca y los zuecos de sanitario le confieren un aire de emergencia que sus vecinos no dudan en atribuir y ella en aprovechar.
- Pasa, pasa, que tendrás prisa -le dice doña Julia que espera en la cola de la caja del banco.
- Pues sí, muchas gracias, porque he dejado a la chica sola en la farmacia y… Toma -le dice a la cajera-, es para lo de la excursión del colegio.
- Huy, ¿tu hijo también va? Pues acaba de hacer el ingreso la madre del niño ese de… Te has enterado, ¿no?
- Sí, sí, ya sé. Pues acabo de hablar con el maestro. Una pena, pero por lo visto toda la familia es igual.
- Que barbaridad, que pena. Fíjate, pues la chica mayor parecía más normalita.
- Que va, todos iguales. Si es que eso se mama en la casa y después… Bueno guapa me voy que tengo la farmacia con la chica sola y…
Sale del banco con el mismo aire de emergencia social con que entró y dirige sus pasos cortos pero rápidos hacia su farmacia. Ocupa su puesto en la caja del banco doña Julia.
- Hola guapa. Toma, actualízame esta cartilla y saca de esta otra cincuenta euros -le da las dos libretas como si del mapa de un tesoro se tratara, con la cautela que la desconfianza provee-. Ya he oído lo que te decía Tere, madre del amor hermoso, que locura. Pues mi marido coincide con él en el garaje y me ha dicho que no había notado nada, pero vamos, ni por el forro, nada de nada. La chica sí, esa era compañera de mi José en el instituto, y él dice que de pequeña ya era rarita.
- No sé. A mí me da un poco de pena, los pobres…
- ¿Pobres? Hay hija, menudos…
- ¿Sabe usted quien lo descubrió? -le pregunta la cajera mientras sigue imprimiéndose la actualización de la libreta.
- Creo que su vecino, el de arriba. No me hagas mucho caso, pero creo que es guardia civil, de esos de los delitos raros. No es que yo esté muy enterada pero, hace ya dos años, cuando se ganó la Copa de Europa, empezó a sospechar. Me ha parecido oír que su hijo pequeño, el del guardia, es compañero de colegio del pequeño de “estos” y le contó a su padre que el vecino no se había enterado de nada de lo de la Copa, y no sólo eso, si no que además, “no le importaba un pimiento”, le dijo la criatura; claro, lo que escuchan en casa lo repiten como loritos. No estoy segura, pero me pareció entender que él dio parte inmediatamente a sus mandos, pero le dijeron que de momento no actuara, que mejor les iban a dar un poco de margen para ver si les conducían a alguna organización más importante. Después, se ve que él tomó confianza y un día, en el bar, se bebió un par de cervezas, se le calentó la boca, y empezó a hablar del tema con Fabián, que por lo visto es de su misma cuerda.
- Hay doña Julia, que ya me pierdo. ¿Quién es Fabián?
- Sí mujer. No me hagas mucho caso, pero creo que es el chico este regordete y un poco calvo que trabaja en el ambulatorio y tiene un niño rubio de dos años clavadito al frutero, que su mujer trabaja en el Ministe…
- ¡Ah, sí, sí! Ya sé quien es -ataja la cajera- ¡¿Ese también…?!
- Sí hija, sí. Bueno, es lo que dicen, yo no se si…
- Ya, ya. Claro, lo que dicen.
- Pues eso, que alguien me comentó que cuando lo del Mundial ya no pudieron dejar pasar más tiempo y fueron a por él.
- Madre mía, y lo detuvieron, claro.
- Claro, pero sólo para interrogarle. Creo que ya anda por la calle como si tal cosa. Si es que aquí sólo viven bien los sinvergüenzas.
- Madre mía, es que no te puedes fiar de las buenas pintas. ¿Y qué ha alegado para justificar tal actitud?
- Bueno, ya sabes, lo de siempre: que es verdad que no le gustaba el fútbol pero estaba en tratamiento, que a cambio los niños practicaban judo, que pagaban el Canal Fútbol religiosamente… Te puedes imaginar: todas las mentiras que se le ocurrían.
- Pues que quiere que le diga doña Julia, tiene usted razón, tenían que encerrarle para toda la vida; pero no sólo a él, a los cuatro, que si no luego eso empieza a corromperse.
- Pues eso hija, para toda la vida.

Por Diego Pérez

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domingo, 18 de noviembre de 2012

BERTA SE DESPIERTA

                                                                   cuento en homenaje a los matrimonios constitucionales
Berta se despierta y nota su culo frío y mojado. Pasa su mano por la sábana y descubre que ha vuelto a ocurrir lo mismo que ayer y que antes de ayer: otra vez se ha hecho pis en la cama. Al ratito de despertarse entra en la habitación su papá Ángel, enciende la luz de la mesilla y se agacha para dar un beso en la frente a Berta.
- Vamos dormilona. Arriba, tienes que desayunar para ir al cole.
Berta se le queda mirando sin decir nada, pero con los ojos muy abiertos. Su papá Ángel enseguida nota que algo no va bien.
- Vamos Berta, ¿no me has oído? -dice su papá Ángel mientras levanta un poco la sábana y palpa el interior de la cama con la mano. Berta cada día está más convencida de que su papá Ángel es adivino- Vaya, otra vez. Venga, date más prisa que tendré que ducharte. ¿Hoy quién ha sido, el oso Berto o la muñeca Bertita?
Berta sonríe y con el embozo de la sábana se tapa la risilla que le entra cuando se pone nerviosa al decir alguna mentirijilla.
- Ha sido Bertita -contesta con la boca tapada con la sábana.
- Pues esta noche tendremos que contar un cuento más largo para que duerma más tranquila y no se haga pipí, ¿vale?
- Vale -contesta Berta mientras se levanta y sale corriendo hasta el cuarto de baño.
Cuando termina de ducharse ya huele a tostadas. Después de vestirse, sale corriendo hasta la cocina, tiene hambre y hoy su papá Rubén le ha preparado el desayuno que más le gusta: tostadas con mermelada de fresa; además, la mermelada también la hace él. Las tostadas de papá Rubén son las mejores de todo el mundo, y las rosquillas de papá Ángel, también. Berta sabe que tiene mucha suerte con los dos papás que tiene y piensa que es una pena que tenga que decidirse por uno de ellos, los dos le gustan. Pero Ane, su compañera del cole, se lo ha asegurado una y mil veces: “Les van a prohibir estar casados y, sobre todo, que tú vivas con ellos”. A Berta le da un poco de vergüenza preguntárselo a sus papás; bueno, vergüenza y miedo, por si le dicen que es verdad, que tiene que elegir a uno de los dos. De momento prefiere no pensarlo. De todos modos, es muy raro que sea verdad, sus papás siempre le han dicho que nunca le mentirían. Incluso cuando le contaron que tenía otro papá y otra mamá y que, aunque seguramente nunca les conocería, seguro que la querían, por lo menos, igual que ellos. Ese día también le dijeron que tenían que contarle una cosa muy importante y muy difícil de explicar, pero empezaron a contarle lo de los otros papás y al final se les debió olvidar contarle la cosa importante y difícil. Por eso, ahora pensaba que todo aquello que decía Ane era una tontería, ya se lo habrían dicho a ella sus papás.
- Vamos Berta, al cole. Hoy te acompañamos los dos.
“¡¡Bien!!” Piensa Berta. “Menuda cara pondrá el tonto de Andrés cuando me vea aparecer con mis dos papás de la mano. Él siempre dice que tener dos papás es imposible”.
Berta, por el camino hacia la escuela, va pensando cual de los dos papás le convendría; sabe que no va a pasar, pero no puede dejar de pensarlo, esas ideas le salen solas en la cabeza. Papá Ángel sabe a que temperatura exacta tiene que poner la leche, y sabe que tiene que dejar algunos grumos de cacao sin que se disuelvan. A Berta le encanta pescar esos grumos con la cucharilla. Papá Rubén se sabe muchos más cuentos que papá Ángel, y mucho mejores; además, papá Rubén es médico, él es quien sabe el jarabe que debe tomar cuando le duele la garganta o está tiritando de fiebre. Está hecha un lío, no sabe por cual decidirse.
Cuando se quiere dar cuenta, ya han llegado a la acera de la entrada de su cole. Enseguida coge a los dos de la mano, quiere que todos vean a sus dos papás y que Andrés y Ane se enteren de una vez. “Mirar, listos”. Piensa Berta mientras entra por la puerta del patio. “¿Veis como es verdad que tengo dos papás?”. Cuando está segura de que todos sus compañeros les han visto, suelta a sus papás de la mano y sale corriendo para colocarse en la fila de su clase. Abren la puerta del cole y todos van entrando, uno a uno. Berta se vuelve para despedirse de papá Ángel y papá Rubén y les ve que se quedan hablando con Mayte. Ella es su profe de toda la vida, desde que empezó a ir al cole, hace ya por lo menos medio año.
Están todos en la clase, y como Mayte se ha quedado en el patio hablando con sus papás, empiezan a alborotar y, en un santiamén, se monta un guirigay de mucho cuidado. Todos están chillando y Roberto, el más travieso de la clase, coge las tizas de la pizarra y empieza a tirárselas al resto de los compañeros. Él sabe que eso está muy mal, pero no le importa y sigue haciéndolo hasta que entra Mayte en la clase y le ve.
- ¡Roberto! -le grita Mayte cuando le ve- ¿Tú crees que eso está bien? ¡Al rincón de pensar!
Todos los demás salen corriendo para sentarse cada uno en su sitio, se colocan muy serios y callados. A Berta le entra la risilla tonta de cuando dice alguna mentirijilla y se pone la mano en la boca para disimular. A la profe enseguida se le pasa el enfado y empieza a colocar todos los papeles de su mesa sonriendo.
- A ver, chicos, ¿qué os parece si hoy hablamos de nuestras familias?
- ¡Siiii! -gritaron todos; bueno, todos menos Adela, que no debe tener familia o algo así. Berta oyó decir a dos cuidadoras del patio que su papá y su mamá habían salido de viaje en el coche para ir a casa de su abuela y que nunca llegaron. Debieron perderse por el camino.
“Que casualidad”. Piensa Berta. “Justo el día que me acompañan mis dos papás podemos hablar de nuestras familias. Se van a enterar Andrés y Ane”.
- Veamos -dice Mayte- ¿Alguno sabría decirme cuantos tipos de familia puede haber?
Ninguno levanta la mano. Mayte se queda mirándoles un ratito y después se sienta en su mesa.
- Veamos, primero os cuento cómo es mi familia y después vosotros me contáis cómo es la vuestra. Yo soy la mayor de cuatro hermanos, somos tres chicas y un chico. Mi papá murió de una enfermedad en los pulmones, por fumar mucho; ahora está en el cielo. Una de mis hermanas está casada, pero no quiere tener hijos; la otra no está casada, pero tiene muchos amigos y dice que no quiere casarse; y mi hermano está viviendo con su novia y tampoco tiene hijos.
- ¿Y tú? -le pregunta Roberto desde el rincón de pensar.
- Siéntate ya en tu sitio, anda. Yo no estoy casada, pero tengo un hijo guapísimo. En fin, tengo una familia normal. A ver Estefanía, y tu familia, ¿cómo es?
Estefanía, que es un poco vergonzosa, primero se pone colorada y después está un buen rato diciendo: “pues, pues, pues…”. Hasta que Mayte le dice que conoce a su padre y a su madre y que son muy simpáticos. Estefanía dice que sí, que son muy simpáticos, y nada más. Después Mayte le pregunta a Ane cómo es su familia.
- Pues mi familia también es normal. Aunque mi mamá dice que papá algunas veces es insoportable, pero también me dice que tengo que quererle mucho. Y yo le quiero mucho, porque casi todos los sábados me lleva al cine o a dar un paseo y a comprarme algún helado; además, su novia es muy simpática y me regala muchas cosas y se llama Julia.
- Muy bien, Ane ¿Y la tuya, Andrés?
- Pues la mía también es normal. Como mi mamá trabaja en el hospital muchas noches, casi siempre vivo con mi papá; pero, los hijos de su mujer son muy simpáticos, y yo juego mucho con ellos.
Berta pensaba que a ella nunca le iba a preguntar. Quizá tuvieran razón Ane y Andrés, quizá su familia no era normal.
- Muy bien, Andrés ¿Y la tuya, Berta?
“Por fin”. Pensó Berta “Creía que nunca me preguntaría”. Al principio se puso un poco nerviosa, pero enseguida supo qué contestar.
- Pues mi familia también es normal. Mi papá Rubén es médico y hace las mejores tostadas de mermelada de fresa del mundo y además se sabe muchísimos cuentos, y mi papá Ángel tiene una tienda de zapatos y hace unas rosquillas de anís riquísimas, y sabe dejar muchos grumitos de cacao en la leche -entonces Berta se calla un poco, pero enseguida sigue hablando de sus papás, sobre todo quiere decir lo que a ella más le preocupa ahora- Ellos están casados, pero no sé si podrán seguir siendo mis papás.
- ¡Pero Berta! ¿Por qué dices eso? -le pregunta un poco alarmada Mayte.
- Porque como son dos chicos, a lo mejor no les dejan seguir siendo mis papás.
- No, Berta, eso no tiene nada que ver. Lo importante es que ellos te quieran y que tú seas feliz con ellos ¿Tú eres feliz con ellos?
Berta mira a sus dos compañeros Ane y Andrés con un poco de recochineo, y con la voz muy alta contesta a Mayte.
- Sí.
Así se pasa la mañana en un periquete, todos los niños de la clase cuentan cómo es su familia y resulta que todos tienen familias normales. Incluso Adela, que vive con sus abuelos hasta que algún día regresen sus papás.
El resto del día es muy normal para Berta: se come más de medio puré de verduras, el otro medio se lo perdona papá Rubén a cambio de tres trozos más de tomate de la ensalada; después, se come dos trozos de pescado, pero se lo come sin rechistar, por que sino, se queda sin el postre de arroz con leche que le ha hecho su abuela Begoña. Después: juega, merienda, juega, cena, juega, se ducha y a la cama con Berto y Bertita. Papá Ángel le cuenta un cuento larguííísimo y Berta se duerme incluso antes de que lo termine.
A la mañana siguiente, Berta se despierta y toca la sábana, descubre contentísima que el cuento larguísimo de papá Ángel ha sido una solución estupenda: no se ha hecho pipí. Papá Ángel entra en la habitación y le da un beso en la frente.
- Vamos, arriba, al cole ¿Qué tal se ha portado esta noche Bertita?

Por Diego Pérez

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